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P. Jesús Tinajera s.x.

Alegría por la fiesta

Se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora”. Pero su madre dijo a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,1-5).

Las Bodas de Caná, un mensaje evangélico

Caná, el pequeño poblado de Galilea, pasa a ser universalmente el símbolo de la fiesta. Los cristianos que conocemos bien este pasaje del Evangelio, al escuchar Caná, inmediatamente pensamos en la boda que participó Jesús, su madre y sus discípulos. Caná, nunca se piensa solo, lo relacionamos con la abundancia, con la participación femenina por la intercesión de María, y sobre todo la intervención divina, ya que la alegría no puede faltar en una fiesta, y Jesús se encarga de ello. En las bodas, decimos, se echa la casa por la ventana, expresión que descubre la abundancia con la que se celebra la fiesta, y esta tiene la finalidad de asombrar y contagiar de alegría a todos los participantes. También la intervención de los anfitriones se resalta en todo tipo de fiesta: cumpleaños, aniversarios, graduaciones… Las actitudes cordiales y alegres de ellos, es el mejor regalo que se pueda hacer a los invitados, más que los exquisitos platillos y la música. Es en el rostro de los que dan la fiesta donde encontramos un testimonio evangélico de la verdadera alegría, anfitriona e invitada especial en cualquier acontecimiento que se celebre. El gozo interior por hacer la fiesta, contagia a todos.

El vino, símbolo de la alegría

María, la madre de Jesús, apenas se da cuenta que no tienen vino e inmediatamente se lo dice a su hijo. La respuesta de Jesús, no se hace esperar. En algunos países cuando es hora de compartir los alimentos, dicen: Vamos a hacer la fiesta y con ello se entiende que es hora de comer. La alegría de compartir los alimentos no se limita solo a la mesa, esta es anticipada ya en las personas que preparan los platillos y en cada uno de los que intervienen cuando nos reunimos a comer juntos cada día o cuando se trata de festejar algo. La comida y la bebida, sí, nos agradan; pero lo más grato es la alegría de vernos y compartir lo que providencialmente recibimos. Aunque en algunos países, sobre todo europeos, el vino siempre acompaña a las comidas; en otros países, lo que representa al vino, es la alegría con la que se comparten los alimentos. En toda fiesta, la alegría brota a flor de piel. Y la alegría que contagia alegría, nos embriaga tanto como el vino.

Reflexión

¿Cómo vivo en mí, la alegría de compartir con otros los alimentos, cada día? ¿He experimentado alguna vez, sin vino, la embriaguez de la alegría festiva?