Visitaba un mercado popular urbano hace casi veinte años, vendedores desde diferentes puestos me ofrecían sus productos, me detuve en el puesto de una mujer anciana, le pregunté los precios y hasta el nombre de algunas de sus verduras y frutas que yo nunca había visto.
Me atendió afablemente con una genuina sonrisa y un tono de voz tan amable que me hacía sentir miembro de su familia y no un completo extraño. Me ayudó con paciencia a hacer las cuentas y hasta me hizo notar que le estaba pagando de más, insistiendo en que tomara mi cambio completo.
Esa mañana había ido al mercado con cierta desconfianza, había escuchado que en cuanto te descuidabas te engañaban con kilos incompletos o cambios recortados, me había encontrado, sin embargo, ese día y durante los siguientes años con un trato cordial, íntegro y de cabal honestidad por parte de campesinos o comerciantes a quienes llegué a procurar.
Claro, no siempre fue lo mismo, me llegué a encontrar en situaciones cuando al preguntar en establecimientos ubicados dentro de una misma zona comercial, por el costo de un equipo electrónico necesario para el trabajo, el mismo producto podía ser adquirido entre el equivalente a 5 mil o 12 mil pesos. Sé que este tipo de escenas se pueden encontrar en muchísimas ocasiones, productos o servicios que llegan a ofertarse y ofrecerse al cliente con las diferencias que permiten las leyes del mercado. Parecería que estas diferencias fueran siempre una bendición para el cliente, pero no siempre es así. La globalización ha traído consigo prácticas y actitudes que parecen llevar al hombre a etapas en que sus antepasados salían a la caza o mejor a la guerra, buscando de regresar con el mejor botín posible.
El recientemente (2017) fallecido Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y autor que acuñó el término modernidad líquida, ha presentado a lo largo de años una crítica que invita a estar en guardia contra una globalización ciega donde el consumismo se convierte en casi una finalidad para nuestra vida. Apreciando los efectos positivos del intercambio comercial, es claro que hay una forma de organización social en la que nada permanece, en la que todo es fugaz, incompleto, indefinido, donde, en efecto, todo lo sólido se desvanece en el aire. Entre esos elementos que parecerían desaparecer están la lealtad e integridad.
En el análisis de Bauman hay una preocupación profunda por la pérdida de la dimensión de ética pública. Hoy habríamos abandonado ya el sentido de misión colectiva asociado a la modernidad clásica. El poder ya no está en manos de la política, ha emigrado a otras instancias libres de todo control democrático. Los derechos económicos están fuera del alcance del Estado; los derechos políticos se han reducido al pensamiento único de los mercados desregulados del neoliberalismo; y los derechos sociales son reemplazados por el deber individual de velar por nosotros mismos.
La doctrina social de la Iglesia, por su parte nos invita a mantenernos solidarios, atentos y disponibles como el buen samaritano. Comprometidos también con el principio de subsidiariedad a ser actores de justicia y paz en un mundo globalizado que sigue hambriento de paz y de igualdad.



