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P. Saúl Ruíz s.x.

Un lugar donde amarrar mi hamaca

En una ocasión, después de que los mebêngôkre (conocidos como kayapó) ya me conocían, estaba yo sirviendo un jugo de kool-aid (era la manera más práctica de ofrecer alguna cosa a los visitantes que llegaban) y el señor Miki Kayapó, me dijo que su mujer, la señora Mainí Kayapó quería darme un nombre. Me pareció interesante y le respondí que estaba de acuerdo.

Entre una lista de muchos nombres escogió uno para mí: Kateri-pari será tu nombre, me dijo. No le pregunté en ese momento lo que significaba. Y qué bueno que no lo hice; porque no importa tanto el significado del nombre, sino el privilegio que te den un nombre. Y todo quedó ahí. Continué sirviéndolos. Después de ver en la televisión una grabación de una de sus fiestas tradicionales, regresaron a su casa que tenían en la ciudad de Redención-Pará. Actualmente viven en su aldea: Pi’ôkrôtikô, Yuary, tierra indígena kayapó.

Al día siguiente, teníamos nuestra lección de lengua kayapó. Llegó Bà’i Kayapó, nuestro maestro de lengua mebêngôkre, y antes de comenzar la clase, el maestro les comentó a las dos hermanas clarisas franciscanas lo que había sucedido en el día anterior, cómo su mamá me había dado el nombre de sus familiares cercanos: su papá y el primer hijo que había perdido. Y continuó contándoles, que cuando en su familia escucharon la noticia de que me había dado el nombre, todo mundo se echó a llorar. Ya que, desde ese momento yo pasaba formalmente a hacer parte de su familia y Bà’i mi hermano.

En otra ocasión, estaban celebrando en la aldea Gorotire, que queda 150 km de la ciudad de Redención, la fiesta de mewemôr. Y mi familia me invitó a participar. Unos días antes mi hermano Bà’i, llamó a nuestra mamá para que viniera a la casa xaveriana y escogiera para mí los atuendos que yo usaría en aquella fiesta. En ese tiempo yo no sabía que los atuendos eran también un privilegio. Escogió una diadema confeccionada con plumas de papagayo verdes, un cinto confeccionado con hojas de palmera y cáscara de un árbol nativo, dos bandas que se cruzan en el pecho también confeccionadas con hoja de palmera y un cinto de chaquira que se usa al estilo de la estola diaconal.

Cuando llegó el día de la fiesta fuimos a la aldea Gorotire y llegamos cuando todos ya estaban preparados para iniciar los cantos y danzas del Tàkàk, los cuales acabarían hasta rayar el alba del día siguiente. Nos pintaron el cuerpo rápidamente, nos pusimos nuestros ornamentos y nos unimos al grupo de danzantes.

Al finalizar la fiesta, estaba bastante cansado por haber pasado con ellos la noche entera danzando. Pero, gracias a Dios, tenía una familia y con ello un lugar donde amarrar mi hamaca y descansar.

Después de dormir un poco, me levanté y fui a sentarme en la silla que amablemente me cedieron. Mi otra mamá (entre los mebêngôkre las tías son mamás) había preparado un rico almuerzo. Era un tipo de pan hecho con harina de yuca, un pescado asado y un café calientito.

Fue la primera vez que tuve la experiencia de vivir la hospitalidad en la etnia mebêngôkre. Cosa que se repetiría después varias veces en las visitas a las aldeas mebêngôkre.

Hasta la fecha mantengo contacto con la familia que me recibió dentro de su casa y de su corazón. Ya preparamos dos fiestas para nuestros hijos (no existen en esa cultura los sobrinos; los hijos, son hijos de todos los hermanos). También a dos de mis hijos les di el nombre de mis hermanos: María Cristina y Gabriel. Acompañé el funeral del señor Motum Kayapó, papá de mi papá. Hemos ido juntos a la capital de Brasil para defender los derechos de los pueblos originarios, y hemos ganado concursos culturales con la recuperación de un antiguo canto tradicional. En fin. No resta sino agradecer a Dios por esta gran aventura de poder vivir en la piel lo que significa un diálogo de vida, de obras y de experiencias religiosas como dice alguno de nuestros documentos.