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P. Rubén Macías s.x.

Un corazón universal

Jesús al enviar a sus discípulos a la misión, les abrió ampliamente el horizonte, y les pidió comprometerse con las personas de todo el mundo llevándoles el tesoro más grande que es su amor.

Vayan por todo el mundo, les decía con fuerza antes de subir al cielo. Vayan y den testimonio del amor de Dios; ese mismo amor experimentado por los discípulos durante su vida alrededor del maestro. San Pablo lo entendió también y lo expresó en esa frase que llegó a dar sentido a la vida de san Guido: El amor de Cristo nos anima, nos empuja, nos envía… hasta los últimos confines de la tierra. San Guido se dejó llevar en todo por este universalismo.

De hecho, uno de los aspectos más importantes en la vida de monseñor Conforti, que fue una gran novedad en el tiempo y en la sociedad en que vivió, es el hecho de ser al mismo tiempo, fundador de un instituto misionero, obispo de una iglesia local y animador misionero de la Iglesia en Italia, todo ello vivido en una gran apertura al anuncio del Evangelio en todo el mundo. Esta característica es de gran relevancia, puesto que se adelanta a su tiempo, y nos muestra lo que más tarde proclamará con fuerza el Concilio Vaticano II, es decir que todo obispo, como todo sacerdote, está consagrado al servicio del Evangelio para todo el mundo y no solo para una diócesis.

San Guido María Conforti vivió de manera ejemplar este universalismo de la misión de la Iglesia; a pesar de las dificultades que tuvo que enfrentar como arzobispo de Ravena primero, y luego como obispo de Parma, no se encerraba en las actividades de su diócesis, se dedicaba con esmero a formar misioneros para el mundo a través de la fundación de su seminario para las misiones extranjeras.

Además, animaba a las demás diócesis de Italia a abrirse a la misión universal. Por ejemplo, el 31 de diciembre de 1912, junto con otros superiores de institutos misioneros, monseñor Conforti escribe a Pío X, haciéndole ver la urgencia de una palabra del Papa para motivar al compromiso misionero universal de los fieles. Esta solicitud será retomada años más tarde (1919) por el papa Benedicto XV, quien elaborará la primera exhortación apostólica misionera Maximum illud. Además, trabajó arduamente en las Obras Pontificales Misioneras en Italia, sobre todo en la fundación de la Unión Misionera del Clero.

San Guido nos enseña a tener una visión universal y a comprometernos en la salvación de todo el mundo. Un compromiso que no se limita a hacer algunas actividades por las misiones, sino a ponernos en estado permanente de misión, como nos dice el Documento de Aparecida, haciendo de la misión universal el motor de todas nuestras actividades.

Compartiendo mi experiencia en Burundi, en estos dieciocho años de misión he tratado de realizar una pastoral que ayude a nuestros hermanos burundeses a abrirse al mundo entero. Ciertamente viven en medio de tantas dificultades, por los años de guerra civil, la inestabilidad política, el retraso económico del país... Ante esta realidad, hemos trabajado mucho en el desarrollo social y en la asistencia, pero también en la animación de una conciencia misionera universal. De hecho, hemos tratado de fundar las Obras Pontificales Misioneras en todo el país, hemos motivado las vocaciones misioneras y sobre todo hemos ayudado a la Iglesia local a darse cuenta de su rol en la misión universal de la Iglesia.

Y tú, ¿cómo vives esta apertura universal? ¿Cómo demuestras en tu vida de fe ese corazón universal? ¿Cómo lo desarrollas en tu vida de fe y en tu apostolado? Que San Guido haga de nuestros corazones una casa para el mundo.