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P. Juan Juárez s.x.

Estás en tu casa

Cuenta una leyenda que una tribu guaraní viajaba cerca del río Tabay buscando nuevas tierras para vivir. Pero un anciano debido al peso de los años y a las dificultades del camino, decidió quedarse en un refugio de la selva en compañía de su hija llamada Yarîi.

Una tarde, cuando ya estaba oscureciendo, pasó por ahí un viajero, que, por su forma de vestir, el anciano se dio cuenta de que no era de aquel lugar, por lo que lo invitó a cenar y le dijo que podía quedarse en su casa para pasar la noche.

Al día siguiente, aquel visitante, que era un enviado del dios del bien Tupá, quiso agradecer la amabilidad y hospitalidad con que lo habían tratado, hizo brotar una nueva planta en la selva y al anciano y a su hija los nombró protectores. Aquel regalo era la planta de mate, con que se hace un té, que en algunos países se ha convertido en signo de amistad y hospitalidad.

Hace algunos años, cuando uno visitaba una casa aun sin avisar, no era raro que te invitaran a comer un taquito o te ofrecieran algo de beber, y no era raro escuchar estás en tu casa. Aun cuando podamos creer que la hospitalidad es algo propio que tenemos como mexicanos, sin embargo, no es así, el recibir bien a quien nos visita lo encontramos en la gran mayoría de las culturas. Incluso en la antigüedad la hospitalidad era considerado un deber sagrado que no se podía negar a los viajeros y extranjeros.

En la actualidad, alguno podría pensar que la hospitalidad poco a poco va desapareciendo, sobre todo en la ciudad, debido a la desconfianza que existe de abrir las puertas de mi casa a un desconocido, pues se escuchan tantas historias…

Pero, no es así, si escucháramos a quienes han tenido que dejar su casa para vivir en otros lugares, seguramente nos contarían experiencias muy positivas de personas que, sin conocerte, te tratan amablemente. Bastaría, por ejemplo, preguntar a los grupos de jóvenes y adultos que han visitado a alguna comunidad para celebrar la Semana Santa pasada. Uno piensa a veces que va a dar, pero al final, uno se da cuenta que ha recibido mucho más, son tantos los detalles que han tenido, como ofrecernos un cafecito, un panecito, el ratito que nos han dedicado para hablar con nosotros, que nos han hecho sentirnos como en casa.

En este mes quisiéramos agradecer a todas las personas que gracias a su hospitalidad nos han animado a seguir viviendo la misión, y como diría san Guido: Y recordando los beneficios recibidos, de parte de tantas personas generosas que has inspirado socorrernos, te rogamos Señor, les recompenses el bien que nos han hecho. Y pedimos al Señor que siguiendo el ejemplo de estas personas vivamos la frase que decía aquel autor: El que se porta gentil y cortesmente con los extranjeros, demuestra ser ciudadano del mundo