Todas las personas hemos experimentado desde la infancia el valor de la alegría, aquella que brotó de los momentos de juego y compañía con los hermanos, amigos, vecinos y nuestros padres; sobre todo, porque han sido momentos de encuentro con personas agradables al compartir actividades en las cuales hemos sentido un espíritu de comunión, de pertenencia...
En el camino de la vida en crecimiento, esos momentos se van retomando en cada uno de los encuentros de familia y con los amigos en la variedad de fiestas, abrimos nuestro corazón a la comunión y de ahí brota la alegría que genera más comunión. El hecho de haber experimentado desde temprana edad la alegría, a partir de la comunión humana, deja una raíz que poderosamente permite captar la voz de Dios.
Para entender la voz de Dios como llamado, es decir, una vocación a participar en una aventura que resulta ser un proyecto de humanización en Dios, en un entorno que tanto nos necesita, se requiere que el corazón posea experiencia de cosas bellas y agradables tanto en la familia como en la sociedad. El meollo de la llamada de Dios siempre es de índole relacional entre las personas; es aquí donde la alegría en relación con la comunión humana tiene un lugar privilegiado y especial.
Haber aprendido a construir acciones de comunión con espíritu alegre desde la infancia en la vida cotidiana familiar, a través de las diferentes situaciones que se fueron presentando, capacitan a la persona a generar una actitud viva de optimismo y dispuesta a proponer algo bueno al mundo cuando se le pida. A partir de este ingrediente, al llegar a la adolescencia y la juventud en estas etapas de apertura a la vida y al mundo, es más fácil que se perciba y se escuche la voz de Dios. Un Dios que es Padre y lleno de bondad que invita a los jóvenes y a toda persona a colaborar en un proyecto al que llamamos Salvación. Un proyecto que cualifica la vida misma en lo personal y social llevando a la humanidad al encuentro vivo y eterno con Dios mismo.
Cómo comprender a Dios y a lo que nos invita, sin antes saber vivir esta vida con gran alegría, que es expresión de paz, armonía y un sentido fuerte de vivir con plenitud. Solo aquellos que han experimentado y saboreado las pequeñas cosas de la vida con verdadera alegría, pueden escuchar y percibir la llamada de Dios a caminar en sus caminos, a trabajar en su viña.
La vocación es el llamado de Dios a jóvenes generosos a colaborar para comenzar a construir su casa en el corazón de las personas y prepararlas a poseer su verdadera casa en la eternidad. Este proyecto de Dios que consiste y tiene que ver con el viaje al corazón de sus hijos, detona una respuesta generosa y pronta en aquellos hombres y mujeres que conocen de la alegría y de la comunión humana en las cosas sencillas de cada día. Esta experiencia de ser alegres los capacita para ayudar a otras personas, sin importar su raza o clase social a abrazar el amor de Dios, que es Padre, Bueno, lleno de amor y misericordia.
Es un hecho que los jóvenes y toda persona que tiene alegría en su corazón, que sabe de unión y comunión humana, están listos para escuchar la voz de Dios que llama e invita a trabajar en su viña. Este es un verdadero signo de los amigos de Dios, constructores de su Reino. Busquemos la alegría de vivir en comunión entre las personas y los pueblos.



