Muchas veces dialogando con la gente sobre mi vida misionera, me hacen preguntas que manifiestan su asombro por las obras que hacemos o por el modo de vida que llevamos; muchas de estas preguntas terminan en una sola: ¿Qué es lo que los mueve a hacer todo eso? ¿De dónde sacan fuerza para superar esto o aquello? ¿Cómo le hacen para lograrlo? Mi respuesta siempre es la misma: es gracias al Espíritu Santo que nos habita. Recuerden que Él es el protagonista de la misión.
Recuerdo que hace varios días, regresando a Burundi, después de siete meses de estudios en México, inmediatamente me nació hablar en kirundi con mis seminaristas. Al siguiente día vino una familia y hablamos todo el rato en kirundi. Al tercer día uno de mis seminaristas me dijo: Padre, estoy asombrado, acabas de pasar siete meses fuera de Burundi y al llegar inmediatamente te pusiste a hablar en kirundi, no lo has olvidado. Pero lo que más me asombra no es la lengua, sino que sigues abierto a entender nuestra cultura, a “conectar” con la gente que recibes, que es ciertamente muy diferente de aquella con la que estuviste hablando hasta hace pocos días. ¿Cómo le haces para abrirte y conectar con todos? Mi respuesta fue sencilla: “Hermano mío, es la gracia del Espíritu Santo que nos hace alcanzar eso”.
Recuerdo también el diálogo que tuve con mis compañeros de prepa, en San Juan del Río. Mientras les hablaba de las dificultades, sobre todo en los momentos de violencia vividos, sea durante la guerra como cuando asesinaron a las hermanas xaverianas en Kamenge, alguien del grupo, con mucho asombro me preguntó: Pero Rubén, ¿cómo es posible que puedas soportar todo eso y sigas deseando trabajar ahí? Mi respuesta fue la misma: Ante todo ello, sentimos la fuerza del Espíritu que nos consuela y nos anima.
Esto es lo que san Guido siempre nos enseñó y manifestó en su vida. El misionero va a misión consciente de la fuerza que lo habita. El Paráclito divino, que es el espíritu de la verdad y el amor, desciende sobre los apóstoles, los llena con sus carismas celestiales y, transformados en otros hombres, salen fortalecidos del Cenáculo, llenos de sabiduría sobrehumana, y anuncian las buenas noticias en todos los idiomas. Desde las regiones de Judea y Galilea, se distribuyen en los cuatro rincones del mundo, hacen oír sus voces hasta los confines de la tierra, conquistando innumerables almas para el Evangelio de Cristo (Homilía en la Catedral de Parma, 23 de mayo de 1920).
San Guido siente al Espíritu Santo como una realidad vital en su servicio episcopal y como guía para su instituto misionero. Él siente que el Espíritu marca el comienzo y acompaña todas las formas de evangelización, tanto en su país como en el mundo entero. San Guido no llega a afirmar directamente esa verdad que la Redemptoris Missio afirma, es decir, el protagonismo del Espíritu Santo en la misión. Pero en su vida y en sus escritos nos hace entender que solo por la fuerza del Espíritu Santo podremos ser y cumplir las obras de todo misionero santo. Para san Guido el Espíritu Santo inspira y sostiene toda virtud y es la fuente de toda santificación para todos los que se han reunido o desean encontrarse con Cristo y ser conquistados por Él. El Espíritu es luz y fuerza en el camino de la propia santificación y en el camino de la misión.
Esta es y ha sido mi respuesta a todos aquellos que, asombrados, miran lo que hacemos en la misión de Burundi. Pregúntate pues, ¿y tú qué lugar le das al Espíritu Santo en tus obras? ¿Sientes su presencia como luz y fuerza en tu camino de santificación y misión?



