¿A quién va dirigida esta carta apostólica? A los venerables hermanos patriarcas,primados, arzobispos, obispos en paz y comunión con la sede apostólica. Es decir a todos los pastores del mundo católico, lo cual concuerda con la finalidad de la carta de monseñor Conforti de 1912 al papa Pío X, que habíamos comentado en el número anterior, pero también va de acuerdo con la motivación para la fundación de la Unión Misionera del Clero: para suscitar el interés de los fieles en el problema misionero, era necesaria la contribución del clero, palabras que refería el padre Bonardi, xaveriano, sobre la petición del padre Paolo Manna para poder presentar el proyecto a monseñor Conforti.
Así podemos comprender que el papa Benedicto XV se haya dirigido a los ordinarios de cada lugar, como los responsables y promotores de la acción misionera; de esta manera este mensaje del Papa debería de llegar a todos los fieles católicos para que en todas partes se sienta que la evangelización de los no creyentes es un trabajo de todos. El mismo Papa explicita lo anterior en el número 12, el último de la introducción: Después de haber implorado con reiteradas preces la luz y el auxilio del Señor, les mandamos, venerables hermanos, estas letras, con las que los exhortamos a ustedes y a su clero y pueblo a cooperar en obra tan trascendental, indicándoles juntamente el modo como pueden favorecer a esta importantísima causa.
El documento está compuesto por 114 párrafos, correspondiendo un número a cada uno de ellos, y está dividido en tres partes, cuyos títulos nos hacen comprender bien quiénes son los sujetos llamados a propagar el Evangelio en todas partes: I. Normas para los obispos, vicarios y prefectos apostólicos (27 números, del 13 al 39); II. Exhortación a los misioneros (del 40 al 77); III. Colaboración de todos los fieles (del 78 al 107). A esta estructura se le añade la introducción, que consta de los primeros doce números, y la conclusión con los últimos siete.
La introducción tiene como subtítulo: “Evangelización del mundo, deber permanente de la Iglesia. Historia y actualidad”. El número 1 expresa que el grandísimo y santísimo trabajo que el Señor dejó a sus discípulos, de ir a todo el mundo y predicar el Evangelio a todas las naciones, se debía de perpetuar en los sucesores de los apóstoles hasta el fin de los tiempos.
Para probar que la Iglesia ha procurado realmente cumplir con esa grandísima misión, el Papa hace un rápido recorrido histórico, nombrando a los grandes misioneros y los lugares que fueron evangelizados, sin olvidarse de las persecuciones que no truncaron la evangelización de todas las naciones.
Entre los misioneros reconocidos por Benedicto XV encontramos a Bartolomé de las Casas, quien merece una especial mención entre los ejércitos de varones que evangelizaron América (número 6), y también a Francisco Javier, digno ciertamente de ser comparado con los mismos apóstoles (número 7). El recorrido histórico concluye con Australia y el interior de África, como los últimos lugares a los que llegaron los predicadores del Evangelio.



