En estos días fui a consulta con mi doctor gastroenterólogo, de hecho, dos años atrás me había operado una hernia estomacal. Gracias a su gentileza y humanidad, la consulta se convirtió también en un momento para hablar de las misiones y de mi trabajo en Burundi.
Recuerdo que, en un momento de la consulta, el doctor reconocía que nuestra vida misionera estaba supeditada a muchas dificultades y carencias, a una vida dura y llena de esfuerzos entre adversidades. Finalmente exclamaba: Por algo lleva siempre esa cruz. Refiriéndose ciertamente al crucifijo que llevo en mi cuello, pero también al modelo de vida que intento imitar.
La vida de un misionero tiene que ser un reflejo y manifestación del misterio de Cristo en la cruz. El doctor estaba asombrado y reconocía lo peculiar de esta vida misionera en contradicción a la corriente de nuestro mundo neoliberal, pero que para mí era lo más normal. De hecho, yo no puedo entender mi vida misionera sin esas exigencias; no puedo entender una vida misionera en el lujo, en el confort y en la abundancia; una vida lejana del misterio de la encarnación de Cristo y de su pasión.
San Guido nos enseña con palabras claras esta realidad: El ministerio sacerdotal es ministerio de amor, de caridad, porque es continuación de la obra de Cristo. ¿Cómo, pues, podrá el sacerdote ejercerlo dignamente? Tomando inspiración del crucifijo (San Guido María Conforti, Apuntes para los ejercicios espirituales, 1918).
La misión no es masoquismo, ni búsqueda de sufrimiento, para nada, es ante todo un compromiso de amor total por el no cristiano asumiendo, como Cristo en la encarnación, su humanidad, su fragilidad, su pobreza para enriquecerla con nuestra donación total para su liberación. Y como bien dice Cristo en el Evangelio, no hay amor más grande que dar la vida por el ser amado; y no hay mayor expresión de ese amor que el manifestado en la cruz. San Guido nos lo decía así: El crucifijo nos inculca la humildad, la pureza, la mansedumbre, el desapego de todas las cosas, la conformidad a la voluntad divina, pero, sobre todo, la caridad para con Dios y para con los hermanos, y continúa, citando a san Alfonso: Así se ama (San Guido María Confort, La Palabra del Padre, pp. 346-347).
San Guido nos invita de hecho a formarnos a la luz del crucifijo, pues es el gran libro sobre el cual se han formado los santos y sobre el cual nosotros también debemos formarnos (ibídem). El crucifijo, no solo llevado en el cuello, sino sobre todo descubierto como fuente de inspiración y parámetro de nuestro actuar. Ningún otro libro puede hablar con mayor eficacia a nuestra mente y a nuestro corazón, ningún otro libro puede hacernos concebir propósitos más generosos y despertar en nosotros todas las energías necesarias para llevarlos a cabo, aun a costa de las más grandes renuncias y de los más duros sacrificios (ibídem).
En este mes en que hemos comenzado la cuaresma y vamos ya caminando con Cristo hacia Jerusalén, preguntémonos qué tanto lugar tiene el crucifijo en nuestras vidas; y no me refiero solo si traemos uno en el cuello o en el retrovisor del auto, si tenemos uno en la pared de la casa u oficina, san Guido nos invita a formarnos a su ejemplo, es decir, a darnos forma según ese modelo; a tomarlo como fuente de inspiración de todo propósito y acción misionera como criterio y medida de nuestro amor. Que el crucifijo sea ese gran libro en nuestra acción misionera.



