El pasado mes de enero viajé a Panajachel, una ciudad del altiplano guatemalteco, situada al oeste de la ciudad de Guatemala. Ahí se desarrolló un encuentro de la Red de Apoyo a Migrantes de la que formo parte. En este breve escrito quiero compartir con los amigos xaverianos varios detalles que me impactaron.
Ya en el aeropuerto de la capital al cambiar pesos mexicanos a quetzales, vi lo devaluada que está nuestra moneda: por 500 pesos me dieron 160 quetzales. Al salir del aeropuerto y comenzar el viaje por Guatemala, pude percatarme de la pobreza en la que vive el país. Fui viendo las condiciones en las que viven las personas tanto en la ciudad como en el campo, en este último se refleja aun más, ya que muchas de sus tierras son cultivos de temporal.
El paisaje es muy hermoso y es una experiencia remarcable apreciar la riqueza cultural de los pueblos y la amabilidad de las personas. Me impresionó mucho ver cómo la mayoría de sus habitantes viste su traje típico con mucho orgullo y respeto.
El sistema de transporte utiliza muchos camiones de modelos no muy recientes, esto hace que los tiempos en los traslados sean largos. Después de más de seis horas de viaje llegamos al anhelado destino, Panajachel, un pueblito muy bonito situado en la costa norte del hermoso lago Atitlán, el cual está rodeado por los volcanes San Pedro, Tolimán y Atitlán.
Este pueblo fue la sede de las actividades de nuestro encuentro con personas de varios países (El Salvador, Honduras, Nicaragua, México, Guatemala, Estados Unidos), quienes formamos parte de la Red de Apoyo a Migrantes. Fue muy gratificante el compartir nuestras experiencias de servicio a los migrantes, además de ofrecernos elementos que nos ayudan a entender lo que está pasando con dos fenómenos actuales: las caravanas de migrantes centroamericanos que cruzan nuestra patria y la terrible separación de padres y sus hijos que cruzan ilegalmente la frontera por parte de los servicios migratorios de los Estados Unidos.
Estos fueron los temas que más me impactaron. Platicando con la hermana Lidia Mara, una misionera Scalabriniana (encargada de la pastoral de la movilidad humana en Honduras), le preguntaba por qué había tanta migración en Honduras y la razón por la que parecía ser tan fácil dejar sus casas. Ella respondió diciendo que muchos no tienen casa y las rentas son demasiado caras. También comentaba que la canasta básica está al triple del salario mínimo, motivo por el cual, frecuentemente solo tienen una comida fuerte. Otro motivo es que los niños que van a la escuela pagan todo, y todo es todo, al punto que los papás tienen que comprar el banco o butaca en la que se sientan.
Al contacto con esta realidad y durante todo el encuentro, fui comprendiendo que cada uno de estos países tiene una realidad amarga y cruda que provoca que miles de familias se pongan en marcha aceptando los riesgos a fin de alcanzar un sueño. La Red de Apoyo a Migrantes busca estar cerca del viacrucis cotidiano de estos pueblos.



