• P. Carlos Abraham Zamora s.x.
  • Revista

Por mi amigo Jesús

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Habían pasado muchas horas de sesiones de catecismo y el grupo por fin estaba listo para presentar su examen antes de celebrar su primera comunión. Como es normal para los niños antes de esos eventos, la mayoría estaban un poco nerviosos y algunos hasta angustiados, en la fila más de alguno miraba con cierto temor en dirección a los catequistas y al señor cura que especialmente había venido a presenciar el evento.

Llamó mi atención el pequeño Pedro, un muchachito inquieto de mirada transparente y vivas que estaba al inicio de la fila, sin temores ni amedrentamientos. Me acerqué y le pregunté cómo se sentía: ¡Feliz! Fue su respuesta. Una sola palabra que encerraba toda su emoción. Al preguntarle la causa, su respuesta fue igualmente breve, alegre y clara: Por mi amigo Jesús. En un primer momento pensé que tenía como yo, algún amigo que llevaba el nombre de nuestro Salvador, pero me detuve de preguntárselo, el brillo de sus ojos y la calidez de sus palabras lo dejaban claro. Su participación en el catecismo y las actividades que acompañaban el curso lo habían motivado a él y a toda su familia. Después de su examen, me comentó que lo veía todo claro, muy claro, también sus padres habían cambiado muchas de sus actitudes, el ambiente de la familia había mejorado, se había convertido en un espacio tan alegre. La llegada de Jesús era real, era como si estuviera con ellos a la mesa o realizando con ellos las labores domésticas. Todos seguían siendo los mismos y, sin embargo, nadie era igual. Y finalizó diciendo: Es como cuando tienes un amigo en la escuela o en tu colonia que llega y cambia tu vida.

Yo pensé en mi propia vocación misionera, ingresé a la familia misionera no solo porque aquí encontré amigos, muchos de ellos que me aceptaron con todas mis limitaciones y errores. Pienso en los años de seminario como un tiempo lleno de espacios compartidos con verdaderos y cercanos amigos, con quienes crecimos en esas etapas de la vida. Cuando ideales y sueños, retos y desafíos unen mentes y se crean equipos y comunidades. Pero a la base todas estas relaciones y amistades ha estado el profundo gozo de la amistad de Jesús, una amistad no siempre entendida y vivida en forma íntegra por parte mía, pero siempre disponible en la oración y las diversas actividades por parte suya.

Crecimos y maduramos la vocación misionera con el eco de aquellas palabras de san Guido María Conforti: Yo le miraba a Él y Él me miraba a mí, y parecía decirme tantas cosas. Esa relación de amistad tan profundamente vivida por tantos santos misioneros, es la que nos lleva a buscar hacer del mundo una sola familia en Cristo, que todos seamos hermanos y amigos en su amistad. Después de todo, el misionero es un hombre que quiere vivir profundamente esta amistad, como san Pablo que quería hacerse todo con todos para ganarlos a todos (1Co 19,22).

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