• P. Marcos Garduño s.x.
  • Revista

Lánzate a vivir la llamada del Señor

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Tomar decisiones en nuestra vida nunca ha sido una labor fácil, siempre nos corroe en el interior el gusanito de la duda y aumenta gradualmente la incertidumbre de acuerdo a las consecuencias que tal decisión puede traer a nuestra vida. No es lo mismo decidir el color de la ropa que vamos a usar el próximo domingo, que decidir entre estudiar una carrera u otra, y aún más complicado, no es lo mismo decirle sí a Dios en el llamado personal de la vocación específica que nos hace, ya sea a la vida matrimonial, soltería, sacerdotal o de consagración especial.

De acuerdo a las ciencias humanas como la sicología y la antropología, la duda es un componente natural del ser humano que no se comparte tan evidentemente con otros seres vivos, puesto que el ser humano está compuesto por un sistema abierto, por una conciencia de saberse dueño de sí mismo, consciente de formar parte de un contexto social, su individualidad y las consecuencias de cualquier acción o palabra. Mientras que un animal por ejemplo, tiende a responder automáticamente a impulsos naturales que obedecen a necesidades esenciales de vida como la seguridad o la alimentación, no vive la duda o la preocupación de elegir entre una cosa u otra.

Desgraciadamente la filosofía que predomina en nuestro mundo actual, es aquella convenencieramente motivada por un individualismo extremo, por el comodismo, y beneficiada por grandes cantidades de dinero para unos pocos, que lo único que les importa es el consumismo de sus productos, sin importarles el tener que domesticar al ser humano, vendiéndoles la idea de que la vida es para disfrutar. Ese disfrutar significa evitar la fatiga de tener que pensar por sí mismos, se intenta degradar al ser humano porque el deseo es de exterminar la moral, la ética, la justicia, el respeto, la conciencia, el remordimiento y otros valores que solo un ser pensante puede reconocer como valores, pero que estorban a un mundo comercializado y domesticado, que trae consigo consecuencias graves que se asimilan a la de los animales como es la violencia, la ley de la selva, finge demencia, es decir pretende no tener conciencia del pasado, ni preocupación del futuro y vivir tan solo de los impulsos naturales que le provoque el presente, respondiendo a las posibles amenazas inmediatas, el deseo cada vez más frenético de tener más y más.

El papa Francisco, quien junto con los obispos del mundo celebran durante este mes el Sínodo dedicado a los jóvenes, intenta despertar a la humanidad, principalmente a los jóvenes, a ir contra corriente e intenta rescatar y volver la dignidad de seres humanos libres, capaces de pensar y decidir; para ello sugiere tres pasos muy específicos y claros: escuchar, discernir y vivir la llamada de Dios.

Pero sobre todo después de vivir este proceso doloroso, pone mucho énfasis en el tercer aspecto de lanzarse a vivir lo que se ha decidido, sin miedo (cfr. Lc 9,62), porque a ejemplo de Jesús, todo buen cristiano que se considera discípulo se supone ser una misión en el mundo, y esa misión tiene una urgencia, tiene que vivirse ya, en el presente pero no solo para el presente, sino que entra en el plan salvífico de Dios quien no tiene principio ni fin, pero que nuestra colaboración es necesaria, nadie nos puede sustituir, es algo que nos vuelve únicos que nadie más que nosotros puede realizar.

El momento de vivir nuestra misión es ya desde ahora (cfr. Lc 4,20). Atrévete a vender todo para conseguir el tesoro que solo se puede encontrar en Cristo (cfr. Mt 13,44). No debemos dejarnos engañar por las farsas del mundo que vive y favorece la indiferencia, las obras de las tinieblas preferidas por el mundo que rechaza la luz de la verdad de Cristo.