• P. Jesús Tinajera s.x.
  • Revista

Decidir el futuro

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No es en la adolescencia donde se toman decisiones para el futuro; esta etapa es más bien un periodo de conocimiento de sí mismo y de los demás. Tanto sicólogos como directores espirituales recomiendan no tomar decisiones en periodos difíciles, más bien, ellos recomiendan los momentos de paz y seguridad para tomar decisiones importantes para la vida.

La juventud pareciera ser la mejor la etapa para decidir el futuro. Fijémonos en un texto del Evangelio de san Juan: Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo en el mismo lugar con dos de sus discípulos. Mientras Jesús pasaba, se fijó en él y dijo: “Ese es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús (Jn 1,35-37).

Encontrarse de continuo en el mismo lugar

Esta escena, nos permite descubrir que Juan, el Bautista, es un maestro que tiene más de dos discípulos; pero la perseverancia de los dos, es bien señalada: Juan se encuentra de nuevo con dos de sus discípulos. El tema de estos encuentros cotidianos es el del Cordero, es decir, el Mesías salvador. El joven que busca, tiene la característica de ser constante. Todos, si queremos algo, por la fuerza espontánea de la voluntad, nos mantenemos en constante búsqueda hasta conseguir lo que deseamos. El mismo lugar, que señala el evangelista san Juan, significa encontrarse en el mismo camino, es decir, en esta búsqueda de querer conocer y estar con el Cordero. Si dos de los discípulos perseveran en este encuentro con el maestro, significa que ellos dejan guiar dócilmente su corazón y lo hacen en una forma constante, porque quieren ver y estar con el Cordero. Evidentemente, Juan el Bautista representa la voz de Dios, la palabra que ayuda a decidir; él es figura del Espíritu de Dios que conduce los deseos más profundos del ser humano. El joven que se deja guiar por el Espíritu Santo, en esta manera dócil, no duda en dar pasos firmes en la vida; su perseverancia le permite alcanzar lo que su corazón desea, tal como nos lo dice el dicho: el que persevera alcanza.

No perder de vista el ideal

Mientras Jesús pasaba, se fijó en él y dijo: “Ese es el Cordero de Dios”. Juan el Bautista tiene todos sus sentidos activos, ya ha conocido por revelación al Mesías; ahora, él mismo, como sus propios discípulos, esperan el momento de mirarlo, y viéndolo, poder manifestar todas sus emociones como testimonio del cumplimiento de su grande deseo: ver al Mesías. Juan, se fijó en él. Esta mirada de Juan, está contemplando: la meta. Es a Jesús que Juan quería ver, que Juan quería encontrar personalmente. Finalmente, Jesús pasa delante de él. Los ojos de Juan clavan su mirada de continuo en él; el adverbio mientras nos señala que pasó un buen rato, en el que Juan mira a Jesús. Y todo lo que sucede en Juan, sus gestos, sus expresiones, sus sentimientos y emociones, que no son descritas por el evangelista, son observados por los dos discípulos. No hay mayor enseñanza de un maestro, que aquella que se comunica también por los sentimientos y las emociones, los cuales vienen a ser el pulso del cumplimiento de nuestros deseos. Después de haber observado a Juan que mira al Mesías y haberlo escuchado decir: Ese es el Cordero de Dios, la misión cumplida, los discípulos son capaces de decidir, por sí solos, sus determinaciones. Sin que Juan los exhorte a un seguimiento, y tampoco a que permanezcan con él, los dos discípulos deciden su futuro: seguir a Cristo.

Reflexión

¿Has permanecido en el camino de los ideales de tu propio corazón? ¿Cómo descubres tu constancia en tus ideales de vida y en tu docilidad al Espíritu Santo? ¿Sientes que en tu futuro, Cristo formará también parte de tu vida?