Mons. Guido M. Conforti ha sido muy cauto en sugerir a sus misioneros las formas y opciones pastorales para una primera evangelización, dando siempre claras directrices en lo que él llama la raíz de todo método apostólico, en donde el espíritu de la misión comienza desde el tiempo de formación y en una profunda comunión con Dios que hace posible todas las cosas. El método que Conforti nos hace ver es el usado por Jesucristo, que realizó la transformación del género humano, uniendo entre sí, las mentes y los corazones mediante el vínculo de una misma fe y un mismo amor.
Al tiempo presente le falta la fuerza para resistir, y la sociedad, envuelta en pasiones, va precipitándose moralmente hacia la ruina. Todos miran entre esperanzas y temores al futuro que se acerca, y buscan ayuda por todas partes. Sin embargo, el individuo y la sociedad, no regresan a Cristo a decir, como un día los Apóstoles, sólo Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 67). San Guido nos pone en evidencia que el pecado priva al intelecto de la luz, envolviéndolo en las tinieblas que apagan la caridad y despiertan egoísmos que nos dividen. Por eso, para ser apóstoles se exige entusiasmo, energía y generosidad, porque para llevar a cabo un apostolado eficaz es necesario conquistar los corazones con la bondad y la caridad de Cristo que da a conocer al Padre, “sana a los enfermos, resucita a los muertos, consuela a los afligidos, perdona al que se equivoca” (Hch 10, 38).
El aprender a misionar se da ante todo con el crucifijo. De él aprendemos a sacrificarnos por los hermanos, dispuestos a todo (2Cor 7, 4). La cruz nos recuerda las palabras bíblicas: Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). Y “el secreto de la misión de Cristo es el sacrificio de ustedes mismos por medio de su amor”. El misionero ha sido elegido para ser la luz del mundo y sal de la tierra, primero con los hechos y luego con la enseñanza, haciendo el bien a todos, prestando sus servicios a todos, socorriendo a todo tipo de necesidades, y esparciendo sobre todos las bendiciones divinas, con los mismos afectos de un apóstol de Jesucristo, en el que todos somos una sola cosa (1Cor 11, 1; Gal 3,28).
La virtud y fortaleza para superar las pruebas y los enemigos, “les vendrán de la cruz, orgullo y gloria, guía y maestro”. Es en nombre de Cristo que enseñamos el modo para alcanzar el Reino, donándonos sin reserva con el desapego de las cosas terrenales y en un constante sacrificio por la más grande y santa de las causas. Conseguiremos todo esto y venceremos únicamente con la confianza en Dios, que realiza maravillas.
Los medios para lograr el anuncio son la palabra sencilla y luminosa del Evangelio, “que penetra en lo más íntimo de las almas, realizando en ellas aquella transformación que sólo la fuerza de Dios puede realizar”. Y “el amor que confirma la palabra con el ejemplo de una vida santa, con el ejercicio de la caridad y espíritu de sacrificio”. Para conseguirlo es necesario que anunciemos la palabra de Dios con fuerza y franqueza, de forma que encienda el deseo de conocer a Jesucristo, su vida y sus obras (1Jn 5,4).
Hay que dar a conocer a Jesucristo y su obra, de manera que los que caminan en las tinieblas del error queden iluminados por los resplandores de la fe. Pues Él, ha roto las cadenas de la esclavitud que tenían aprisionadas a la humanidad, para realizar la hermandad e igualdad, salvaguardando todo derecho y toda libertad. Él ha sabido unir con caridad y amor a sus seguidores. No hay que descuidar en el anuncio evangélico, nos dice Conforti, “el respeto de la persona, de los tiempos y de los lugares, de las culturas y de la historia. Para ello, hay que ocuparse del estudio de la lengua que no hará sino favorecer la conquista del mundo cultural”.
Curar, perdonar, incluir y celebrar, son formas de transformar la vida y son el método usado por Jesús que debemos hacer nuestro. Todas estas acciones necesitan ser hechas con el amor puesto en “Dios que a través de su espíritu dirige nuestro camino hacia su reino y nos ayuda a construir una nueva sociedad evangélica con los fundamentos en la fe, el estudio y una adecuada preparación”. Aprendiendo a los pies de la cruz. (El Método Misionero. Antología, 39)


