Caio Rastelli, primer misionero xaveriano, nació en 1872 cerca de Parma, Italia. Recién ordenado presbítero fue el primero en entrar al Seminario Emiliano para las Misiones Extranjeras, fundado en 1895 por el canónigo Guido María Conforti.
En 1898, llegó a Parma el Padre franciscano Francisco Fogolla, con cuatro seminaristas chinos. Él vivía en la misión de China desde hacía 32 años. Dio una charla en la parroquia de la Anunciación, en la que habló de las costumbres y tradiciones en China, junto con el camino de la fe cristiana. Decía que los cristianos chinos amaban tanto a Cristo que, en el caso de una persecución, estaban dispuestos a dar su vida por el Señor. No sabía que estaba haciendo una profecía que muy pronto sería realizada.
Entre los oyentes estaba un joven sacerdote, Guido María Conforti, con los muchachos de su seminario misionero recién fundado. Y estaba el padre Caio Rastelli, vicerrector del mismo seminario. Éste se acercó al fraile misionero y le preguntó: Padre, ¿podría ir con usted? También el prefecto Odoardo Manini, con casi veinte años de edad, se declaró dispuesto ir a China. Conforti, recién nombrado vicario del obispo de la diócesis de Parma, primero se espantó y luego se dejó convencer por el misionero franciscano.
El 4 de marzo de 1899, los primeros dos xaverianos –todavía no se les llamaba con este nombre, dado más tarde a los hijos de san Guido Conforti- se despidieron y salieron a China junto con Mons. Fogolla, recién nombrado obispo. “Les confío los dos primeros misioneros que la humilde Congregación de san Francisco Xavier puede ofrecer al apostolado católico. Quiera tomarlos por sus hijos en Jesucristo, y sea lleno de caridad y benigna compasión con ellos”. El 15 de abril desembarcaron en Shangai y el primero de mayo llegaron a la misión del Shanxi, confiada al obispo Fogolla.
Seis meses después, con algunos rudimentos del idioma chino, el padre Rastelli partió hacia una zona montañosa, con un clima muy frío y dificultades de todo tipo. Vivía en una cueva, como mucha gente del lugar. Y escribía a Conforti: “Partiré para el paraíso. Demasiado lleno de júbilo es mi ánimo. ¡Cómo el Señor cumple los deseos de quién en Él confía!”. Y en otra carta: “Pecado es que aquí haya carestía y hambruna con una secuela de horribles muertes!”
De repente llegó la tormenta y el 20 de junio de 1900 se desató una rebelión contra todos los extranjeros, que fueron vistos como enemigos e invasores de China. Fueron asesinados tanto misioneros católicos como pastores protestantes. El Padre Caio Rastelli comenzó la huida, perseguido por diez soldados, y el 29 de julio alcanzó a llegar a una misión de los misioneros belgas de Scheut en Mongolia. Era una residencia que había sido fortificada unos años antes contra mongoles y musulmanes un tanto aguerridos y violentos.
Cuando llegaron a la residencia los soldados bóxer, que se creían invulnerables, tuvimos que disparar en contra de ellos para poder salvarnos junto con los 300 cristianos refugiados, aunque el padre Rastelli tiraba más a las piernas para no matar a los asaltantes. Después de cuarenta días, el sito cejó y los bóxers empezaron a huir por miedo a la intervención armada de los europeos, que habían ocupado Pekin. El padre Rastelli cayó gravemente enfermo. Pudo celebrar la misa de Navidad. El tifo ya lo había atacado, así que desde el 10 de febrero no tenía paz, atormentado además por un sentimiento invencible de culpabilidad. A cada rato quería confesarse hasta que el confesor le ordenó de no pensar más en sus pecados y abandonarse en los brazos de misericordia del Padre celestial. Vivió unos días tranquillo y en paz, y el 28 de febrero de 1901 expiró. Conforti lo lloró como se llora la muerte de un hijo primogénito y lo tuvo como un santo misionero y casi mártir.


