• P. Juan Olversa s.x.
  • Revista

Escuchar a Cristo en el silencio

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El silencio es un tema importante en la relación con Dios y un elemento básico para escuchar a Cristo. De hecho, a lo largo de los Evangelios vemos a Jesús buscando espacios y tiempos de silencio para estar con su Padre. La experiencia de la cruz nos muestra el silencio de Jesús y también que Dios habla a través del silencio. El silencio llega a ser expresión importante de la misma Palabra divina. Este binomio de palabra y silencio toca nuestra vida de varias maneras: El Señor, siempre atento a nuestro bien, nos hacer oír su voz de muy diversas maneras. El Señor nos habla a todos. Nos habla con las “luces” que manda a la mente, con los estímulos que nos hace sentir en el corazón (San Guido María Conforti).

En lo que se refiere al recibimiento de la Palabra de Dios, es necesario el silencio interior y exterior para poder escucharla. En nuestro tiempo esto es algo muy difícil porque no favorecemos el recogimiento, sino que parece que tuviésemos miedo de apartarnos de los ruidos, de las palabras y de las imágenes que llenan nuestros días. Hoy más que nunca tenemos que reconocer el valor del silencio para redescubrir el valor de la Palabra de Dios en nuestra vida. El principio es que sin silencio no se oye, no se escucha, no se recibe una palabra. Por el contrario, entre más fuerte es la presencia de la Palabra del Señor, nuestras palabras disminuyen.

En otras palabras, el silencio nos ofrece las condiciones para el encuentro, la escucha y el diálogo con Dios. Su Palabra pone su morada entre nosotros, vive entre nosotros y permanece entre nosotros. De esta manera nuestro amor a Jesucristo se fortalece, crece y se expande más allá de nuestras fronteras personales y culturales. Por consiguiente, es de suma importancia recuperar cuestiones muy básicas como aprender a vivir el silencio, disponibilidad a la escucha y la apertura al otro: Algunas veces, su voz es la convicción imprevista de una verdad que no se tenía antes. En otras ocasiones es una emoción íntima que penetra el espíritu. También, a veces, nos habla en un hecho que nos impresiona saludablemente, en un desengaño que nos entristece, en una palabra, que reclama y atrae nuestra atención, o en una lectura que nos sacude. El ejemplo de un amigo que nos suena a aviso o reproche puede ser para nosotros Palabra de Dios, y también la contemplación de las bellezas de la creación que nos llenan de admiración y entusiasmo (San Guido María Conforti).

 Sin embargo, alguna ocasión hemos sentido el silencio de Dios como experiencia de abandono o como si no escuchara, y por tanto, como si no respondiera a nuestras súplicas. Pero este silencio no significa que Dios no exista o que no quiera responder a nuestras peticiones. Por el contrario, sabemos que Él está con nosotros, que camina con nosotros, sobre todo en los momentos más duros de nuestra vida. Cuando somos capaces de experimentar esa presencia amorosa de Dios bajo esas condiciones difíciles, descubrimos que verdaderamente Dios nos ama siempre. Al mismo tiempo el amor así debería llenar lo más profundo de nuestro ser. Al cruzar los senderos de la prueba podemos descubrir lo valioso de la experiencia: a mayor apertura a su silencio y a nuestro silencio le conoceremos, le amaremos y le seguiremos. Es en el silencio donde se vive la confianza extrema que nos abre a Dios y a nuestros hermanos más necesitados que no lo conocen. Esta manera de relacionarnos con el Señor nos ofrece una nueva comprensión de la propia vida, nos guía en la toma de decisiones y nos ilumina para reconocer y asumir nuestra vocación, valorar los talentos que poseemos y sobre todo cumplir su voluntad alcanzando la plenitud de nuestra existencia: Debemos saber escuchar la voz del Señor, seguir sus impulsos y secundar sus fines, que son siempre fines de bondad y amor. Él, cuando habla, reprende, infunde valor, estimula, consuela (San Guido María Conforti).