Ser llama que encienda muchas luces

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Mi nombre es Edgar Nava Pérez, soy el hijo mayor de José Luis Nava y María del Pueblito Pérez. Tengo tres hermanos: Lissandro, Germán y Grisel. Pasé mi infancia en Amealco, Querétaro, de donde soy originario. Al finalizar la primaria, continué mis estudios en el seminario menor de San Juan del Río de 1999 al 2005.

Durante estos años comenzó a germinar la semilla de mi vocación. Al principio me llamaban la atención los amigos, la escuela, la alberca. Pero con el tiempo, gracias a mis formadores y a la gente con la que me tocó trabajar, fui poco a poco descubriendo la nobleza del trabajo misionero y abriéndome a la idea de que tal vez yo también podría contribuir al anuncio del Evangelio. Con dudas y a la vez con curiosidad, decidí darme una oportunidad para tomar una mejor decisión vocacional en el postulantado de Salamanca. Fue en esta etapa en la que pude darme cuenta de la presencia de Dios a lo largo de toda mi vida y el amor que me había mostrado de tan diversas maneras, pero que yo nunca había reconocido. Fue por eso que quise convertir mi vida en una acción de gracias a Dios y ser misionero para tratar de ayudar a más personas a darse cuenta del amor que Dios tiene por la humanidad.

A partir de ahí, he seguido el camino regular de formación xaveriana en México: postulantado y noviciado en Salamanca, filosofía en Guadalajara y dos años de servicio en San Juan del Río.

Para estudiar la teología, tuve la dicha de ser enviado a Filipinas, lo cual era parte de mi sueño como misionero xaveriano: conocer y trabajar en Asia, el continente donde san Francisco Xavier desgastó su vida por la proclamación del Evangelio y lugar donde san Guido María Conforti tenía puesto su corazón. Por otra parte, tendría la oportunidad de tener la experiencia de conocer otra cultura, aprender otro idioma y vivir lejos de todo lo que conocía.

Este éxodo a tierras asiáticas me ayudó mucho a nivel personal, vocacional y misionero. Una de las primeras constataciones fue que la familia xaveriana es mucho más grande de lo que me había imaginado. A pesar de estar literalmente al otro lado del mundo, tan lejos tanto de mi familia xaveriana aquí en México como de mi familia de sangre, encontré muchos amigos y hermanos que me recibieron con sonrisas sinceras y manos abiertas. De verdad sentí que somos una familia para el mundo.

Sin embargo, una de las realidades que más me ayudó durante esta experiencia fue ver como la Iglesia es de los pobres para los pobres. Aun cuando Filipinas y México tienen algunos aspectos similares, tanto en la cultura como en la realidad social, mi experiencia en la parroquia de San Francisco Xavier, en la diócesis de Novaliches, me ayudó a comprender de manera distinta la misión que la Iglesia y los xaverianos tenemos para con los pobres, así como el rol que ellos juegan.

Un grupo de laicos en esa parroquia se comprometió a un programa de formación con tres diferentes ciclos o niveles. En el último nivel tenían como tarea compartir el conocimiento de Biblia que habían adquirido con algunos enfermos de la comunidad a quienes llevaban la comunión. Pero con la experiencia, sintieron la necesidad de ir más allá. De su propia iniciativa comenzaron a organizarse para brindar ayuda material a los enfermos y sus familias, proporcionar medicamentos e incluso llevarlos a sus citas al hospital cuando fuese necesario. Estos laicos se comprometieron tanto con los enfermos de la parroquia, que en los hospitales cercanos ya es muy conocida.

Esta es una de las experiencias más satisfactorias que, a mi manera de ver, quisiéramos experimentar como misioneros en las tierras de misión. No ser aquellos que son el centro de la vida de la Iglesia, sino ser llama que encienda muchas luces y así se propague el Reino de los cielos, ya que todos los bautizados compartimos la misión de dar a conocer a Jesús a través de nuestras vidas; no importa la edad, el sexo, la profesión o el color de piel.

Mi próxima misión está en Tailandia, un país budista con muy pocos cristianos que no alcanza ni el 1%. Quisiera pedir su ayuda para que nosotros los misioneros y los cristianos en esas tierras, podamos ser luz del mundo y sal de la tierra con sus oraciones, y a la vez comprometiéndose cada vez más en hacer del mundo una sola familia en cualquier contexto y situación en la que se encuentren. Nos encomendamos a sus oraciones. ¡Que sea por todos conocido y amado, nuestro Señor Jesucristo!