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Xaverianos

EL CRUCIFIJO: Amor que mueve a la imitación

Autor: P. Álvaro Aguado R.

/ El Crucifijo, Sabiduría de Dios, difunde viva luz sobre todas las verdades; saca vida de la muerte, de la humillación la gloria y del aparente fracaso el triunfo. Parece paradójico que la muerte que marca el final de toda grandeza humana y muestra la fragilidad y la caducidad de las cosas humanas pueda tener, en orden a Cristo, esta fuerza demostrativa. Y sin embargo así es, por eso, la pasión y muerte del Salvador alimentan nuestra fe. Desde el madero de la cruz, Jesucristo atraerá a todos hacia sí.

La memoria de su pasión, nos dice que no es vana nuestra fe en la vida del Hombre-Dios, objeto de nuestro culto y adoración. La caridad impulsa a Cristo a dar la vida por nosotros, de está adquiere virtud y fuerza para no desfallecer (Ef 2,4) y así,  su caridad hacia nosotros se desbordó sin medida. ¡Qué cuadro tan sangriento y sombrío a los ojos de mi imaginación! Él camina lentamente bajo el peso de su Cruz, entre la muchedumbre que se burla de él, lo insulta, le blasfema; camina bañado de sudor y de sangre por aquella vía dolorosa,  sin embargo, hay en Él calma y dignidad.

Desde lo alto de su Cruz, Jesús dirige su lánguida mirada hasta encontrarse con los ojos de su afligida Madre, ha sido un encuentro de mirada con mirada. «Yo le miraba a Él y él me miraba a mí, y parecía decirme tantas cosas…» Del corazón de Jesús brotan los más tiernos afectos de un Hijo hacia su Madre, quiere calmar sus crueles sufrimientos, quiere darle un último testimonio de su afecto y le dice, yo estoy por dejarte, pero no quiero dejarte sola y afligida. He aquí a mi discípulo fiel, Juan, él ocupará mi lugar; tenlo como a un hijo; y tú, Juan, muéstrate siempre como hijo suyo, para que alivies sus dolores y proveas sus necesidades. Jesús, entre tantos dolores, ruega por sus verdugos y por la multitud enardecida, y en la persona de Juan la confía a la ternura de su Madre, perdona al buen ladrón y le confía su alma al Padre al reclinar su cabeza y morir.

Después de tres horas de agonía, exhala su espíritu. ¡Mírenlo!… pendiente de aquel madero, nos dirige estas palabras: Hijos, ¿qué más podía hacer por ustedes y no lo hice? ¿Qué más desean para convencerse que yo los amo?  Amor es lo que nos pide, nos grita y nos suplica esta mirada, con los brazos abiertos en actitud de darnos el abrazo paterno. He aquí el hombre coronado de espinas, constituido por Dios como nuestra cabeza, y al que debemos estar unidos cual miembros vivos. El hombre cuya vida debemos imitar (Lc 23,34), y cuya imagen viva hemos de llevar en nosotros… Por Ti sean todas nuestras fatigas, todos nuestros dolores, nuestra respiración, y por Ti y en Ti entreguemos el último aliento de esta vida.

Cristo crucificado es la manifestación de la sabiduría, el poder y la bondad de Dios. Quien lo contempla, ve, en el estado de peregrinos, a Aquel que lo ha enviado (Jn 12,45). Por la fuerza de esta señal enseñó a los poderosos a ser padres de los débiles, destruyó la tiranía, levantó del lodo a los oprimidos, rodeó de respeto al pobre, rehabilitó a la mujer y conquistó para la fe las mentes más sublimes que son orgullo de la humanidad.

La cruz es estandarte del triunfo sobre el mundo corrupto, y en ella Él maestro sigue repitiéndonos: Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga (Mt 16,24). Los hechos que acompañaron la muerte del Maestro conmovieron a algunos discípulos que, después del drama del Calvario encuentran energía para manifestarse abiertamente. Se avergüenzan de su cobardía y quieren repararla. Sólo quien ha comprendido la locura de la Cruz logra comprender el sufrimiento, pues el fervor del espíritu se acrecienta en las luchas y el alma se purifica en el crisol de la adversidad que, el mundo sumido en los placeres, no podrá nunca comprender.

De aquí que el ministerio sacerdotal, continuación de la obra de Cristo, toma inspiración del Crucifijo, que enseña que la obra de la redención es obra de justicia y de amor ante los hombres. Aprendan a amar a los hermanos, con el ejemplo de los hechos y entonces se verá cuánta diferencia existe entre la caridad de Cristo, que es más fuerte que la muerte y la filantropía contemporánea que no llega tan lejos, porque la mayoría de las veces retrocede ante el sacrificio.