Todos somos invitados a ser santos como nuestro Padre celestial es santo. Pero ¿de qué manera? ¿Cómo hacerle…? Una serie de preguntas surgen cuando hablamos de nuestra santidad y es más fácil referirnos a hombres y mujeres que ya lo han logrado.
Vemos cómo cada uno de los santos ha vivido de manera diferente el llamado de Dios a la santidad. Ninguna fácil, pero todas lindas por haber encontrado el sentido de la existencia al entregar (consagrar) la vida a Dios, fuente de la vida. Cada vocación es fruto de muchos factores que van actuando en la vida de una persona (familia, amistades, experiencias diversas, etcétera); estos factores ayudan a descubrir, a profundizar y a enfrentar las dificultades para llegar a una decisión definitiva, a un proyecto de vida en Dios.
Cuando era pequeño, me gustaba leer una revista que se llamaba Vidas ejemplares, ya que me daba la posibilidad de conocer en forma breve la vida de cada uno de los santos, la diversidad de carismas y las diferentes formas de vivir la santidad de cada uno de ellos.
Un santo que siempre me ha llamado la atención ha sido san Francisco de Borja, por la manera cómo vivió su conversión que le permitió darle un sentido a su vida y consagrarla a Dios, dejando atrás las demás cosas, como aquel que ha encontrado un tesoro. En esta ocasión me gustaría compartir con ustedes de forma breve el acontecimiento que ayudó a este santo a cambiar de vida.
Francisco nace en Gandía, España, el 28 de octubre de 1510. Pertenecía a los Borja, una de las familias más importantes de su época, pues por parte de su papá era nieto del papa Alejandro VI, y por parte de su mamá era primo del emperador Carlos V.
Su familia se preocupó en darle la mejor educación. Se casó con Leonor de Castro y tuvo seis hijos.
Siendo nombrado virrey de Cataluña, cuando murió la emperatriz se le encargó que llevará su cuerpo a Granada. Antes de que fuera sepultada entre los reyes de España, era necesario reconocer el cadáver ante un notario y un grupo selecto de la nobleza. Al abrir el ataúd, todos retrocedieron con espanto: en lugar de encontrar el hermoso rostro de la reina Isabel que se consideraba el más bello de la época, apareció un rostro deformado por la putrefacción, que causaba horror y repugnancia. El hedor era insoportable.
Solo Francisco de Borja mantuvo la mirada fija en aquel rostro corroído. Después de un momento de profunda meditación, exclamó: No serviré más a nadie que tenga que morir...
A partir de este hecho cambió su vida, ya no asistía a fiestas ni a cacerías, sino que se preocupaba por visitar a los pobres y a los sacerdotes. Después de la muerte de su esposa, pidió ser admitido en la Compañía de Jesús, de la cual llegó a ser el tercer superior general.
Dejémonos encontrar con Dios en los acontecimientos de nuestra vida y no temamos responderle con generosidad.



