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P. Juan Juárez s.x.

Quien no arriesga no camina

Se dice que había un pueblo en donde a nadie le gustaba trabajar. Todo estaba desordenado y sucio, aun cuando el pueblo estaba rodeado de buenas tierras, los habitantes preferían comer cualquier cosa que encontraban en la calle. En el pueblo vivía también un hombre que gracias a su trabajo había acumulado una considerable fortuna, le desesperaba ver la situación en que vivían sus paisanos, cuando los animaba para que cambiaran su situación, la respuesta era la misma: “Para qué, si así estamos bien”.

 Para hacerlos reaccionar, un día se le ocurrió obstruir con una gran piedra el único camino que llegaba al pueblo. Pero para su sorpresa, ninguno de los habitantes hizo nada por moverla, algunos que querían salir saltaban por encima de ella, la mayoría prefirió quedarse en el pueblo, para evitar la fatiga. Un día llegó un viajero que deseaba conocer aquel pueblo, al ver la piedra decidió moverla, y en ello empleó toda la jornada. Al final del día logró su objetivo, y para su sorpresa debajo encontró un tesoro que el hombre rico había colocado debajo de la piedra.

Se dice que durante la adolescencia debemos descubrir cuál es nuestra vocación, nuestra misión en el mundo, seguir el proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros para ser felices. Pero, siendo realistas, cuántos de nosotros hemos tenido la posibilidad de decidir nuestro futuro en ese momento de nuestra vida. Y quizás no lo hicimos no porque no hayamos querido, sino tal vez porque no tuvimos la posibilidad debido a las circunstancias donde nos tocó vivir, a las decisiones mal tomadas o porque no hubo quien nos hablara y orientara en ese momento.

No podemos caer en la tentación de pensar que solamente durante la adolescencia es el momento de decidir qué es lo queremos hacer con nuestra vida, pues el Señor a cada uno le da la posibilidad de cambiar aquello que no va bien. Sin embargo, todo cambio exige un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a hacer, es por eso que muchas personas a pesar de que no están conformes con su vida, cuando se les propone cambiar responden con la misma frase que le decían al hombre del cuento, quieren evitar la fatiga. Otros le temen al cambio porque no quieren complicarse la vida, evaden los problemas y dicen: Para qué, si así estamos bien. Pero eso sí, muchas veces culpamos a los demás y a Dios de lo que no nos gusta o de lo malo que nos sucede.

Si bien es cierto que tomar decisiones no es fácil, pues todos tenemos miedo a equivocarnos, al fracaso, sin embargo, en esos momentos que tenemos que decidir, deberíamos repetirnos las mismas palabras que el papa Francisco dirigía a los jóvenes: ¡Arriesga! Arriesga. Quien no arriesga no camina. “¿Y si me equivoco?”. ¡Bendito sea el Señor! Más te equivocarás si te quedas quieto.

Lo queramos o no, tarde o temprano la vida misma nos lleva a no posponer más los cambios que debemos hacer, de nosotros depende ser como ese viajero que no se dejó vencer por esa piedra que le impedía continuar su camino, pues en el momento que nos decidamos a poner manos a la obra, quizás descubriremos que hemos perdido muchos momentos de felicidad. Y si sentimos que no podemos mover esa piedra con nuestras propias fuerzas, siempre podemos pedir la ayuda a Dios para descubrir nuestro tesoro.