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P. Guillermo Jimenéz s.x.

Respuesta negativa al llamado de Dios

El mes pasado vimos algunos pasajes bíblicos en los que Dios llama a través de iniciativas, indicaciones o invitaciones de terceras personas, e incluso vimos el caso de Samuel quien, a pesar de ser llamado directamente por Dios, necesitó la ayuda de una tercera persona para darse cuenta de que el llamado recibido venía de Dios. Así comprendemos que no todos somos capaces de darnos cuenta del llamado de Dios, aunque también existen aquellos que, aun dándose cuenta de que Dios los llama, responden negativamente. Veamos algunos ejemplos bíblicos de esto.

El caso típico es el de aquel personaje que es conocido como el joven rico, y que es narrado por los tres Evangelios sinópticos: Mc 10,17-22; Mt 19,16-22; Lc 18,18-23. En ninguno de los tres Evangelios se habla de un joven, sino simplemente de uno que se acercó a Jesús, aunque Lucas dice uno de los principales. Así vemos que a esta persona no se le nombra, no se sabe qué función tenga, a qué grupo religioso pertenezca, solo se dice que tenía muchos bienes.

Algo semejante ocurre con otro personaje, mencionado en el Evangelio de Lucas, también rico y que se preocupa de sus hermanos cuando él ya ha sido enterrado (cfr. Lc 16,19-31), pero que en vida no aceptó la invitación a servir a Dios en el pobre Lázaro; tampoco se conoce su nombre en el Evangelio, y será la tradición cristiana la que le dará un nombre, que al final de cuentas no es nombre personal, sino más bien una especie de apodo: Epulón, que viene del latín epulum, y que significa el que banquetea. De ello podemos concluir que quienes no aceptan seguir a Jesús, no tienen nombre. ¿Será porque su nombre no fue inscrito en el libro de la vida (Ap 17,8)?

Podemos confirmar lo anterior viendo otro pasaje de san Lucas (9,57-62). Se trata de tres personas que son presentadas de una manera indefinida: Mientras iban caminando, uno le dijo (v. 57); A otro (Jesús) dijo (v. 59); También otro le dijo (v. 61). El primero y el tercero le dicen a Jesús: Te seguiré; al primero le advierte que vivirá sin una morada fija, mientras que el tercero quiere primero despedirse de los de su casa. Por otro lado, el segundo es llamado por Jesús, pero no quiere seguirlo inmediatamente (déjame ir primero a enterrar a mi padre). El evangelista no dice que hayan aceptado las exigencias que Jesús les ponía, por lo que se supone que no lo siguieron, ya que este pasaje sigue directamente a otro rechazo hacia Jesús, donde también queda indeterminado sobre quiénes no quisieron recibirlo: Jesús decide ir a Jerusalén, manda mensajeros a un pueblo de Samaria (sin nombrarlo), pero no lo recibieron porque tenía la intención de ir a Jerusalén (cfr. Lc 9,51-53).

Comprendemos que el ser humano no siempre acepta la invitación de Dios, pero también que se necesita un buen discernimiento para saber cuándo nos llama y cuándo nos dejamos llevar por nuestros impulsos.