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P. Juan Juárez s.x.

Una segunda oportunidad

San Mateo nos cuenta que después de la última cena, mientras iban de camino al monte de los Olivos, Jesús dijo a sus discípulos: Todos ustedes caerán esta noche, ya que no sabrán que pensar de mí. Y como lo había dicho, al momento que es apresado, en lugar de que los apóstoles lo defiendan y den su vida por Él, como le habían asegurado, al contrario al ver herido al pastor, huyen las ovejas.

Podemos imaginar que los discípulos en aquel momento en que apresaron a Jesús, quizás pensaron que solamente le darían un escarmiento, y en el peor de los casos lo mantendrían en la cárcel para que no diera problemas. Nos podemos imaginar cómo se sentían en aquella habitación donde estaban escondidos, cuando les llegaban las noticias de que el Sanedrín lo había declarado culpable de blasfemia, de que había sido llevado ante Pilato el cual lo había mandado azotar, que había sido coronado de espinas, que había muerto en la cruz…

Aquella oscuridad en la que estaban los discípulos no solo era porque la habitación estuviera cerrada, sino estaban viviendo una oscuridad más profunda, la de la soledad, la de los remordimientos, pero, de qué valía lamentarse si ya todo había terminado, cómo les gustaría volver el tiempo para cambiar las cosas, cómo les gustaría que la vida les diera una segunda posibilidad para que la historia fuera diferente…

Cuando Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, algunos de ellos no dan crédito a lo que están viendo, acaso el dolor les está pasando una mala jugada o es el fantasma de Jesús que viene a reclamarles su falta de compromiso. Pero nada de eso es, Jesús que ha vencido a la muerte, con su resurrección, les da una nueva posibilidad de no dudar más de Él, de valorar el gran privilegio de ser sus discípulos, y convertirse en testigos del Resucitado.

Haciendo un viaje al corazón, y recordando algunas experiencias que hemos vivido, a quién de nosotros no nos gustaría volver al pasado, para cambiar algunas decisiones equivocadas o para volver a tener las oportunidades que la vida nos dio para ser felices y no las supimos aprovechar. Desgraciadamente no es posible, no tenemos la misma suerte que los discípulos tuvieron de demostrar su cariño y cercanía a Jesús, porque nuevamente estaba vivo.

Aun cuando no podamos volver al pasado y las oportunidades perdidas no se puedan recuperar, Dios a largo de nuestra vida, continuamente nos da segundas oportunidades para cambiar aquello que no va bien, pero no siempre las sabemos aprovechar.

Uno de los mensajes que de una u otra forma nos transmiten las lecturas del tiempo de Pascua, es que debemos vivir una vida nueva, dejar nuestro viejo yo, para ser transformados y dar lo mejor de nosotros mismos.

Para ello es necesario que pidamos a Jesús resucitado que renueve nuestro corazón para que no nos dejemos llevar por nuestros miedos, nuestras debilidades, nuestros pecados, sino que nos de la misma valentía que dio a sus discípulos, sabiendo que quién no arriesga, no camina. “¿Y si me equivoco?”. ¡Bendito sea el Señor! Más te equivocarás si te quedas quieto.

 Que la alegría de celebrar la resurrección de Jesús, nos ayude a tener una visión más optimista de la vida, para no vivir quejándonos de lo que en el pasado no fue, sino agradeciendo a Dios por lo que en el presente puede ser.