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El conocimiento y la experiencia de Cristo es la base para vivir, amar y consagrarse a la misión, ya que difícilmente se puede querer a quien no se conoce. Este conocimiento experiencial es la base de la vocación de san Guido María Conforti. Siendo un preadolescente, todas las mañanas de camino a la escuela, pasaba frente a la capilla de Santa María de la Paz, se detenía ante un gran crucifijo para orar: Yo lo miraba, Él me miraba a mí y parecía decirme tantas cosas. Estas son las palabras que monseñor Conforti utilizará para describir aquella fuerte experiencia de fe vivida durante su niñez. Experiencia de encuentro, diálogo y conocimiento profundo recíproco.

El hecho de que ese crucifijo, abandonado después de que cerraron la Capilla de la Paz, fuera recuperado y restaurado bajo el cuidado de monseñor Conforti cuando ya era obispo de Parma, nos habla del amor profundo que Conforti tenía por nuestro Señor Jesucristo representado en aquella imagen. Una vez que restauraron la imagen, hizo que la colocaran en el obispado, ante la cual pasaba mucho tiempo en oración. Posteriormente, esta misma imagen la colocó en el altar mayor de la catedral de Parma. Nuestro Señor Jesucristo, por medio de esa imagen, le había dado la vocación misionera: A ese crucifijo le debo mi vocación.

A partir de esa experiencia fundante ingresará al seminario diocesano de Parma. A lo largo de su formación, aquella experiencia inicial centrará toda su vida en nuestro Señor Jesucristo. Algunos de los medios que determinaron su vida centrada en Cristo han sido: su estilo de vida responsable y sus nobles relaciones interpersonales; la fortaleza para enfrentar su fragilidad física y las enfermedades; la seriedad al estudiar sobre todo la filosofía y teología de carácter neotomista; su vida espiritual alimentada por fuertes momentos de oración ante el crucifijo y la Eucaristía, la meditación de la Sagrada Escritura, la lectura sistemática de obras clásicas como la Imitación de Cristo y la Vida Interior Simplificada; la lectura de la biografía de san Francisco Xavier determinó su consagración misionera.

Desde esa experiencia, ya como obispo y fundador expresará la necesidad del estudio serio y de la oración profunda que lleva al conocimiento real de Resucitado: Si Cristo preguntase a tantos de nuestros contemporáneos qué piensan del Hijo del Hombre, responderán lo mismo que muchos de los que lo vieron y se acercaron a Él sin conocerlo. Nosotros, que tenemos la suerte de conocerlo, responderíamos como Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

Pero no podemos contentarnos con un conocimiento superficial... Debemos, como la Magdalena, sentarnos a sus pies para escuchar su palabra de vida. Debemos, como los apóstoles, para los que no tenía secretos, apartarnos de la conversión meramente humana para oír lo que Él dice a nuestro corazón.

 Tenemos que conseguir un conocimiento profundo de Él, porque estamos llamados a seguirle de cerca y porque nuestra fidelidad en su seguimiento y nuestro amor hacia Él, dependen del conocimiento que de Él tengamos. Tenemos que alcanzar un conocimiento más íntimo de Él, porque estamos llamados a darlo a conocer y a amar a los demás. Los no cristianos, a los cuales seremos enviados, nos dirán: “Queremos ver a Jesús”. Tenemos que ser, en medio de ellos, anunciadores del Dios desconocido.