Que sea por todos conocido y amado, nuestro Señor Jesucristo, es uno de los lemas de nosotros Xaverianos, el cual expresa muy bien la misión que tenemos de anunciar a Jesús para que todos lo lleguen a conocer y amar, y nuestro compromiso alegre de compartir la fe que hemos recibido con aquellos a los que aún no se les ha anunciado la buena nueva.
Esta misión la compartimos con muchas otras personas que han intentado llevar el mensaje de Jesús hasta los últimos confines de la tierra a lo largo de los siglos, como es el caso de la llegada del cristianismo a Corea.
En 1779, un grupo de eruditos se reunió en el templo budista de Chon Jin Am, para un estudio de la doctrina cristiana que ellos llamaban el seohak (enseñanza occidental), a través del libro El verdadero significado del Señor del cielo, del misionero jesuita Matteo Ricci.
En 1784, Yi Seung-hun y otros miembros de la comunidad visitaron Beijing, ciudad en la que el sacerdote Louis de Grammont bautizó a Yi con el nombre de Pedro, con lo cual se convirtió en el primer coreano en ser bautizado en la fe católica. A su vuelta a Corea bautiza a algunos de sus compañeros, y es así como comienza la historia de la Iglesia en ese país.
Uno de estos primeros cristianos que es digno de mencionar es san Andrés Kim, primer sacerdote coreano, que nació el 21 de agosto de 1821. Su padre, Ignacio, fue martirizado en la persecución del año 1839.
Andrés fue bautizado a los quince años de edad. En 1836 es invitado a ir al seminario de Macao, China, para que se preparara al sacerdocio. En 1845 fue ordenado sacerdote en Shangai.
Regresa a Corea, en donde junto al trabajo pastoral, se le pide preparar la entrada de algunos misioneros. Es arrestado el 5 de junio de 1846 en la isla de Yonpyong, cuando buscaba con algunos pescadores la forma de llevar a Corea a unos misioneros franceses que estaban en China. Inmediatamente fue enviado a la prisión central de Seúl. El rey y algunos ministros no lo querían condenar por sus vastos conocimientos y dominar varios idiomas. Otros ministros insistieron en que se le aplicara la pena de muerte. Después de tres meses de cárcel fue decapitado en Saenamt´õ el 16 de septiembre de 1846, a la edad de veintiséis años.
Antes de morir exclamó: ¡Ahora comienza la eternidad! y con serenidad y valentía se acercó al martirio.
Andrés fue canonizado el 6 de mayo de 1984 por Juan Pablo II en su visita a Corea, junto con otros doscientos dos mártires, incluyendo el seminarista Pablo Chong Hasang.
Juan Pablo II en la canonización dijo estas palabras: La Iglesia coreana es única porque fue fundada completamente por laicos. Esta Iglesia incipiente, tan joven y sin embargo tan fuerte en la fe, soportó ola tras ola de feroz persecución. De manera que en menos de un siglo podía gloriarse de tener diez mil mártires. La muerte de estos mártires fue la levadura de la Iglesia y llevó al espléndido florecimiento actual de la Iglesia coreana. Todavía hoy, el espíritu inmortal de los mártires sostiene a los cristianos de la Iglesia del silencio en el norte de esta tierra trágicamente dividida.



