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P. Víctor Martínez s.x

Un viaje al corazón

Si echamos una ojeada a lo que llevamos en el corazón, encontraremos gritos, susurros y entre ellos la voz del Creador. La llamada de Dios se manifiesta desde las pequeñas actitudes constructivas que tenemos ante las cosas de la vida diaria, por ejemplo, cuando nos encontramos en una reunión familiar o con amigos, nos acomedimos para que el ambiente sea más agradable, las cosas estén en su lugar y a punto. Estas actitudes y pensamientos traducidos en conductas, son signo de que hay una semilla de bondad, luz y fuerza en la persona, reflejo de Dios.

Esa presencia de Dios en un adolescente o un joven, es quizás una voz, un llamamiento para servirle como consagrado(a), en el sacerdocio o en la vida misionera. Hay algo maravilloso en el corazón de cada joven y se le debe ayudar a descubrirlo, pues es de gran valor para el mundo.

Prueba de ello, es la vida de todos los grandes hombres y mujeres de la historia, tanto en el ámbito civil como religioso, que desde su juventud se había generado y desarrollado esas inquietudes de construir un mundo, y con el paso del tiempo lo expresaron con palabras y acciones y que terminaron por hacer algo bueno, extraordinario y trascendente. Ahora los llamamos héroes, santos porque marcaron la pauta en los caminos del bien, de la paz y del amor a la gente de todos los tiempos.

En este mundo que se ha dispersado en tantas direcciones y en situaciones tan complejas, corremos el riesgo de perdernos en el sin sentido de Dios. Entonces surgen algunas preguntas: ¿Dónde está Dios? ¿Qué dice? ¿Qué pasa con este mundo, esta creación suya? ¿Habla hoy? ¿A quién le habla? ¿Cómo?

Muchas veces se piensa que la llamada de Dios es de manera espectacular y sumamente clara, pero la historia nos dice que no es así, sino más bien sucede en la sencillez y lo ordinario de la vida. La llamada ahí está, pero para descubrirla es necesario poner atención, observar en el interior del corazón y en esas pequeñas cosas de la vida diaria.

Se te invita a ti, joven, a recorrer ese camino al interior de la conciencia personal, de tus pensamientos y de tu corazón, a eso que quieres, que valoras y amas, a todo eso que forma parte de ti, que te hace ser lo que eres, un buen y excelente joven, un ser humano que puede hacer tanto por la gente y por Dios.

Si descubres en tu interior calidad como ser humano, por tus buenos sentimientos, pensamientos y grandes aspiraciones, porque quieres hacer algo para mejorar este mundo que Dios nos ha confiado, entonces, eres un candidato a la llamada de Dios, tú tienes vocación a seguir a Cristo, porque en tu vida de joven ya estás haciendo algo constructivo en tu entorno. Sigue adelante, Cristo te necesita.

Pregúntate qué más te hace falta para madurar en este camino y proceso. Descubre y reconoce que puedes dar una respuesta de alto nivel de entrega, gastar tu vida en las misiones, ayudar a que el Reino de Dios se extienda por todos los rincones del mundo y en todas las situaciones por las que atraviesa la humanidad. Considera que puedes ser una bendición de Dios asumiendo un estilo de vida de donación, dejándote transformar en vehículo de paz, armonía y amor para esta humanidad que Dios nos ha confiado. Transfórmate en un regalo de Dios para la Iglesia y para el mundo, sin importar raza y cultura.

¡El mundo necesita hombres y mujeres de Dios!