Durante el tiempo de Cuaresma, no es raro escuchar a algunos quejarse del chamuco porque no los deja cumplir con los propósitos que han hecho para prepararse a vivir los días Santos.
Lo primero que tenemos que tener en cuenta con respecto a las tentaciones es aquello que nos dice el apóstol Santiago que no podemos echar la culpa de la tentación a Dios, pues Dios no prueba a nadie (St 1,13), sino que las tentaciones vienen de nuestra concupiscencia, es decir, de nuestra naturaleza humana a no hacer siempre el bien.
Otra tentación que podemos evitar con respecto a las tentaciones es pensar que por el hecho que se presenten en nuestra vida estamos obligados a caer en ellas, es que el diablo me tentó y caí, sin embargo, cuando analizamos más detenidamente, nos damos cuenta que mucho se debe a nosotros mismos que no quisimos poner un límite a nuestros propios impulsos o nos pusimos en situaciones que bien sabíamos que nos iban a llevar a pecar.
Por otra parte las tentaciones, nos pueden ayudar a fortalecer nuestra voluntad, conocer nuestros propios límites y acercarnos más a Dios, pues bien sabemos que con su ayuda, es más difícil caer en la tentación que siempre se presenta como algo bueno y agradable, pero que después causa sufrimiento. Es por eso, que en el evangelio que leemos al inicio de la Cuaresma, nos ofrece tres medios para no dejarnos vencer por la tentación: el ayuno, la limosna y la oración.
El ayuno nos ayuda a reconocer que todo lo hemos recibido como un don de Dios, y que demos ser agradecidos con Él, porque es preciso recordar que el don indica algo que se recibe tal cual y sin más, es un regalo, como signo de alguien que nos ama y nos quiere a través de un objeto concreto o con un gesto de cariño profundo.
Reconocer la generosidad de Dios nos debería motivar a ser generosos con los demás y ese es el sentido profundo de la limosna, que no es dar lo que me sobra, sino un acto de compartir no solamente las cosas materiales, sino también el deseo de servir, de hacer algo bueno en favor de los demás. Es por esta razón que los Xaverianos proponemos cada año la Cuaresma Misionera, una iniciativa que ha cambiado la vida de muchas personas gracias a la ayuda de tantos niños, jóvenes y adultos que generosamente comparten su tiempo y su esfuerzo. ¡Muchas gracias!
La oración me permite estar más cerca de Dios y sentir el deseo de visitarlo en su casa, un hogar donde puedo sentirme como familia y considerar el templo, no como un lugar extraño, sino como un lugar de acogida, oración, paz, diálogo, fraternidad, reconciliación, conversión, en otras palabras amor. La oración me permite descubrir que el Reino del Cielo son las cosas que Dios quiere aquí en la tierra, y con mis acciones puedo ser esperanza de un mundo nuevo.
Ojala que esta Cuaresma nos ayude a estar más atentos a descubrir la presencia del Señor en nuestra vida, pues, Dios no está aferrado a una manera única de llamar, y a darnos cuenta que con nuestro amor y entrega podamos hacer la gran diferencia para sanar este mundo herido que espera un nuevo samaritano, y que está cercanía que tenemos con Dios nos ayude a no dejarnos caer en la tentación, para hacer nuestras las palabras del apóstol Santiago, ¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman.



