Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo en el mismo lugar con dos de sus discípulos. Mientras Jesús pasaba, se fijó en Él y dijo: «Ese es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús (Jn 1, 36-37).
La vocación es un regalo de la fe. Quien tiene fe, cree en Dios y en su Palabra. La fe está ligada al plan de Dios para cada persona. Dios nos da el don de la fe y con él nos regala también el don de la vocación.
Vocación quiere decir ser llamado a una misión en este mundo. La etapa de la vida más adecuada para descubrir nuestra vocación es la juventud. El llamado al matrimonio, a la vida consagrada, al sacerdocio o a la vida misionera tiene su fundamento en el don de la fe. Creer es mucho más, que llenarse de seguridad en sí mismo, es decir, confiar en nuestras fuerzas humanas para formar una familia, o evangelizar el mundo entero. Creer es llenarse de una confianza plena en sí mismo, sí, sabiendo que todas las cualidades que recibimos, son nuestro baluarte para continuar el camino; pero sobretodo, creer es depositar una confianza plena en Dios que abre nuestros oídos, para escuchar su Palabra y hacernos caminar en el estado de vida que Él nos indica para nuestra completa felicidad.
El discipulado, una etapa en el camino de la fe
La fe nos pone, necesariamente, a la escucha de la Palabra. Se trata de la Palabra de Dios, que instruye y que alimenta el espíritu de la Vocación. No existe persona en este mundo, sobretodo llegada a la juventud, que no experimente en su interior el deseo de servir, de hacer algo bueno en favor de los demás; es a esto que llamamos vocación.
Juan el Bautista conoce su misión: “ser la voz del que clama en el desierto, preparen el camino del Señor”. En su corazón está vivo el deseo de que sus discípulos, comprendan el momento de pasar del discipulado a una vida de intimidad con Cristo. La Palabra de Dios escuchada por Juan, le ha permitido reconocer a Jesús como el “Elegido de Dios” (cfr. Jn, 1, 34), por eso su testimonio tiene fuerza al señalar “al Cordero de Dios”. Así es como los dos discípulos de Juan, siguen a Jesús.
A los oídos de la fe, se une la visión
Ya nos lo dice el papa Francisco en su encíclica Lumen Fidei, que la visión y la escucha forman parte del proceso de la fe. “creer es escuchar y al mismo tiempo, ver” (LF 30). Son los oídos del discípulo que le permiten asentir. La palabra de Juan el Bautista es testimonio para que sus discípulos, escuchándola crean. Los ojos del maestro ven a Jesús que se acerca y al Espíritu que se posa en Él; esto también es testimonio que ofrece la visión para creer más fácilmente en Jesús. Por eso cuando Juan el Bautista señala a Jesús como “el Cordero de Dios”, los oídos y la vista de los dos discípulos, facilitan el proceso de la fe en Jesús, a tal punto que se ponen a seguirlo.
Reflexión personal
¿Cómo ha sido el proceso de la fe que yo tengo en Jesucristo? ¿Cuánto alimento mi fe por la escucha de la Palabra de Dios? ¿Qué signos visibles y cuáles testimonios humanos facilitan el desarrollo de mi fe y el proceso de mi vocación?



