Al recibir el año nuevo, se inicia nuevamente un camino para vivir la fe de la mejor manera que el año anterior. En varios países de Medio Oriente que habían tenido que dejar de asistir a los servicios litúrgicos por cuestión de la guerra o porque sus templos habían sido destruidos, han vuelto a ellos, tienen nuevamente una casa para Dios y un hogar para elevar sus plegarias y oraciones.
La vida cristiana se va renovando no solo en sus templos sino también en la forma en que se mira las dificultades de otros católicos que sufren por creer en Cristo. Dentro de este año que se abre camino en ver un catolicismo más ferviente, se notan signos concretos. El papa Francisco el pasado 28 de enero visitó en la iglesia de Santa Sofía a la comunidad Greco-Ucraniana que reside en Roma, que ha reedificado su templo después de varios trabajos. Sin embargo la fuerza no está en el templo simplemente, sino en lo que significa para todos los ucranianos que viven en la “diáspora”.
El templo es el lugar donde se reúnen aquellos que lejos de su patria, por varios motivos, encuentran en la casa de Dios un hogar donde pueden sentirse como familia, en un país donde son extranjeros se sientan recibidos y acogidos.
Esta es una de las funciones de la fe en Cristo, que hagamos del extranjero un hermano, que se sienta aceptado en nuestra Iglesia. En este aspecto, los cristianos estamos llamados al encuentro con nuestros hermanos empezando por nuestra familia y en nuestra casa para que cuando en la misa dominical celebremos nuestra fe nos sintamos a gusto, con personas que creen al igual que nosotros en Jesús el Salvador.
Con este gesto que hace el papa Francisco de visitar esta iglesia, nos recuerda que en medio de las fronteras, la raza, el lenguaje, las diferencias son una oportunidad para enriquecernos. Por eso el templo es lugar de acogida, oración, paz, diálogo, fraternidad, reconciliación, conversión, en otras palabras amor. Por ello es bueno encontrarnos con Dios en su casa para recordar que el gesto de la visita siempre es importante.
Uno de los lemas de san Guido María Conforti era hacer del Mundo una sola Familia, y entendía bien lo que Jesús pretendía, llevar a todos hacia Dios, sin importar la raza, el idioma o la edad, todos somos llamados a ser familia de Dios, y por ello nos juntamos como familia.
En familia se comparten alegrías, dificultades, penas, pero ante todo, compartimos la fe en Jesús, de allí que no podemos dejar de pensar que la Iglesia Misionera es incluyente. Por eso nos alegremos que muchos católicos vuelvan a tener un templo a donde ir a rezar a nuestro Dios que nos dio la vida y que se entregó por nosotros.



