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San Guido María Conforti constantemente repetía a sus fieles, sacerdotes y misioneros que debíamos ser personas de fe viva que nace del encuentro con Dios: Vivirá mi corazón en la fe si, entendiendo la grandeza de Dios y la belleza de Jesucristo, lo abro al sentimiento del amor; si a través de una piedad tierna y viva, yo consigo entrar en intimidad con Dios que vive en mí por medio de Jesucristo. Mi voluntad vivirá de la fe sí, no conforme con las emociones religiosas, me esmero en bien vivir para honrar a mi Dios y usar las energías morales que su gracia infunde en mí; si considero la religión como una fuerza que quiere producir la santidad de mis acciones (FCT 20, 183).

En este sentido comprendemos la fe como encuentro personal que abarca toda la persona: inteligencia, voluntad y sentimientos. Yo creo en ti, viene a ser la forma en que llegamos a la realidad más auténtica y profunda del otro. De hecho, solo conocemos a la otra persona en la medida en que creemos y nos abrimos libremente a ella. La fe se transforma en oferta de amor y posibilidad de participar en la vida de quien se ama, esta es la experiencia que tiene san Guido delante del crucifijo: Yo lo miraba y Él me miraba y parecía decirme tantas cosas.

Gradualmente esta experiencia de amor se transforma en apertura, encuentro y compromiso: No basta con creer, hace falta vivir conforme a la propia fe, consultarla en todos los encuentros, en todas las contingencias de la vida y comportarse no según la corriente del tiempo, no según las exigencias de las pasiones desordenadas, sino según sus enseñanzas, con la persuasión de seguir la verdad y de practicar la justicia. El justo tiene que vivir de la fe, porque la fe tiene que darle forma a todos los actos de la vida, así como la sangre penetra todos los recovecos del cuerpo (FCT 27, 151).

Vivida de esta manera, la fe adquiere una forma histórica y requiere una respuesta personal como sucedió con muchos personajes en la historia de la humanidad: Abraham, san Pablo, san Francisco Xavier, san Guido… Estos personajes han tenido una fuerte vivencia de fe en la que han experimentado el amor de Dios. Esta fuerte experiencia de amor ha determinado su persona y cambiado el rumbo de su vida. Gradualmente pasando de la experiencia de fe personal al compromiso de amor con los otros.

Este compromiso de amor se transforma en consagración a Dios y servicio a los hermanos especialmente a los más pobres que no lo conocen: Como la fe que, en lugar de dañar la inteligencia humana, la confirma y la desarrolla, así la gracia, lejos de enfriar y cerrar el corazón del hombre, lo inflama y lo ensancha. ¿Qué corazón hay más tierno y qué alma más activa que aquella que está llena de la gracia celestial? De la gracia deriva aquella caridad universal que se esparce sobre todos los hombres, que consuela todos los dolores y seca todas las lágrimas (FCT 18, 317). Por lo tanto, creer es amar intensamente a nuestros semejantes abriéndonos al resplandor de la primera luz que es Dios (Antología 259).

Finalmente, ¿tú qué crees?