/En la catedral de Parma, el 14 de Enero de 1917, Monseñor Conforti reflexiona sobre el “Padre nuestro”: «¿Por qué hoy en día es tan débil la fe en el pueblo cristiano? ¿Por qué son tan pocos los que viven del todo conformes a su profesión de creyentes? ¿Por qué el vicio se propaga y ya no se tiene la fuerza suficiente para resistir a la sugestión del mal, al ímpetu de las pasiones desordenadas, a la influencia dañina de los malos ejemplos? Porque ya no se ora, se ha olvidado lo que Cristo viene inculcando, falta la fuerza para la práctica de la virtud y falla la perseverancia».
Al ver hoy multiplicarse tantos delitos, unos se preguntan ¿Por qué nuestro Señor tiene tanta paciencia? Oren con humildad, con confianza, con perseverancia, tanto en el hogar como en el templo, sobre todo con la oración que Jesucristo enseñó a la gente y por medio de la cual le pedimos la glorificación de su nombre, la venida de su Reino, el cumplimiento de su voluntad, nuestro alimento de cada día, el perdón de nuestros pecados, defensa y ayuda en cada una de nuestras necesidades. Oremos y con ello nos vendrá la luz, la fuerza, el consuelo que nos harán superarlo todo y nos harán permanecer fieles a nuestros propósitos de bien. Nuestra oración será seguramente escuchada.
Mons. Conforti insistente en su Carta pastoral para la Cuaresma, en pleno tiempo de guerra dice: «La oración en su amplio y noble significado es una elevación de la mente y del corazón hacia Dios, es el homenaje de la criatura a su Creador y aliento de vida que robustece nuestro corazón y nos obtiene de Dios la constancia en el bien» (8 de febrero de 1918).
También en una homilía en la solemnidad de la Epifanía de 1913, dice: «La obligación de la oración como acto de culto y parte de la religión, está arraigada en el corazón humano y se remonta a los comienzos del mundo. Por eso, Plutarco podía escribir: Ustedes encontrarán ciudades sin murallas, sin gobierno, sin leyes, pero en ningún lugar de la tierra se encontrará un pueblo sin altares, sin oraciones, sin sacrificios, sin Dios. La oración es una necesidad congénita, instintiva e irresistible, toda religión no fue otra cosa, por así decir, que holocausto y oración, aunque no tuvieran una idea exacta de Dios, siempre y por doquier elevaron sus oraciones y sus sacrificios. El sacrificio, el culto, la alabanza y la gratitud son oración».
Dios no necesita de todo esto, pero nosotros sí, porque el hombre habla y Dios lo escucha, pide y Dios lo oye, manda y Dios, en cierta manera obedece. El universo es un himno de alabanza y de acción de gracias a Dios y la persona limitada, siempre y en todo lugar necesita la ayuda de Dios (Jn 15,5). La oración es una gracia y Dios la prepara para todos mediante su Hijo, a condición de que se la pidamos, por eso Jesús mismo dijo: pidan y les será dado.
La oración es la fuente de los buenos y grandes pensamientos. Los que creen han encontrado allí las luces de la fe, las ayudas de la gracia y las luces de la ciencia. La oración hace a la gente superior a sí misma, la transfigura, la sublima, la diviniza, forma a los mártires y a los héroes de Cristo en la lucha en el horror y a los pies del patíbulo. Los que oran, no tiemblan frente a la muerte porque han recibido de la oración una fuerza y un valor sobrehumano.
Dios invocado, derrama en nuestro corazón energía -dice San Juan Crisóstomo, por muy débil que sea el hombre, si él ora, se vuelve fuerte con la fuerza de Dios». La oración es el grito del alma misma que es amor y que se siente lejos de la vida infinita que ama: ella es amor y necesidad, confesión de nuestra debilidad y de la amorosa omnipotencia de Dios, testimonio de la vida del alma como el aliento lo es para la vida del cuerpo. La oración nos hace partícipes de la amistad de Dios, sus manifestaciones y confidencias, es además, fuente de vida y Dios es su autor supremo, en Él nosotros vivimos, nos movemos y somos Hch 17, 28.


