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P. Carlos Abraham Zamora

Caminando entre el temor y la esperanza

Hemos llegado a un punto maravilloso del desarrollo humano, los medios de comunicación y de transporte nos han puesto en un ambiente cargado de recursos e instrumentos que, en un pasado no tan remoto, en ocasiones tan solo unas décadas, parecían ser fantasía o un idealismo. Viajeros que se desplazan por extensas carreteras o complejos nodos viales, así como ciudadanos a pie o en bicicleta, usando transporte público o medios privados se trasladan usando tecnologías satelitales que les ayudan a recorrer distancias, seguros de llegar a su destino.

Nunca antes fue tan fácil y accesible encontrar el camino a un destino particular, sin embargo, nunca como antes parece tan complejo encontrar nuestro camino vocacional. Y es que las opciones a elegir parecen haberse multiplicado, haciendo más difícil una elección.

El camino vocacional es un camino que es personal y no está hecho. Nadie lo ha recorrido, ni lo recorrerá por ti. Ya el poeta lo diría “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. El avanzar hacia lo desconocido puede producir incertidumbre y miedo. Los procesos vocacionales son precisamente medios para enfrentar esos miedos y temores, ya que el clarificar nuestros miedos radica el elemento básico de la vocación.

Podemos experimentar temores, no solamente al preguntarnos si el Señor nos llama a la vida consagrada o misionera, podemos enfrentar temores para responder al llamado de vivir y de crecer, a las responsabilidades y obligaciones que vamos asumiendo en nuestras familias, una profesión, al noviazgo y a la vida matrimonial.

Nuestros temores pueden expresar nuestra resistencia al compromiso y a invertir todo nuestro ser y nuestro tiempo en una opción que naturalmente llegue a pedirnos el des- prendimiento de otros recursos y bienes, de otras atracciones y satisfacciones. La madurez humana en la toma de decisiones no la vive tan solo quien ha dejado de experimentar esos temores, o que estén ausentes en su caminar, estamos llamados a arriesgar, a pagar el precio de nuestro ideal, a vender todo para comprar el terreno donde se encuentra el tesoro escondido (Mt 13, 44).

Frente a lo desconocido, el Señor invita al discernimiento de nuestras motivaciones y al abandono. La entrega generosa basada en la esperanza de caminar cerca de Jesús, la esperanza de que quien nos llama, permanece a nuestro lado, siempre y en todas partes. Porque Él quiere tu corazón para seguir amando. Por eso frente al llamado, en tu camino, frente al temor no dejes de orar:

Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras,

sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo,

con tal que tu voluntad se cumpla en mí,

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,

te la doy con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo.

Y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida,

con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.