Existe en Lucas 7, 40-50, una dicotomía sobre el perdón. Para el fariseo, el amor no está en relación con el perdón. En cambio, para la mujer convertida, el amor es el origen de todo perdón.
El amor revela la intensidad de nuestra conversión. La manera como reciben a Jesús el fariseo y la mujer pecadora que Lucas describe en su Evangelio, son la pauta para comprender que a quien poco ama, poco se le perdona y a quien mucho ama, mucho se le perdona. El amor puede expresarse en una forma cerrada como la del fariseo, que se limita a hacer, incluso, menos de lo establecido; o bien en una forma abierta, como la mujer convertida, que comprende que el amor no tiene límites y rompe los esquemas de la sociedad misma.
Simón, tengo algo que decirte
Jesús le cuenta a Simón una parábola. La conclusión es lógica. El amor va en proporción al perdón recibido. El que mucho debía, estará mucho más agradecido con el prestamista que mucho le perdonó. Y el perdón va también en proporción del amor dado. Cuando el prestamista le liquida la deuda al deudor, no solo le da el perdón, sino en cierto sentido es una muestra de aprecio hacia él. Sin embargo, el prestamista también per- dona al que le debe poco, porque la base del perdón es el amor. Jesús nos hace comprender que al que mucho ama, mucho se le perdona; y al que ama poco, poco se le perdona. La fuerza de nuestro amor tiene la capacidad de hacer que nuestros pecados sean perdonados. Jesús nos hace comprender que, entre más amor mostremos a Dios y a nuestros hermanos, más grande es la misericordia de Dios para con nosotros, y más grande es el perdón de nuestras faltas.
Tu fe te ha salvado, vete en paz
Este texto evangélico tiene como personaje principal a una mujer que ha pecado, como cada uno de nosotros, pero las circunstancias en que actúa nos hacen pensar que está en un proceso de cambio, pues entra libre- mente a casa de Simón, se coloca a los pies del Maestro mostrando su grado de humildad adquirida, llora sin cesar como signo de un arrepentimiento profundo de su pasado. Su cabellera que era signo de su vanidad y belleza, ahora la utiliza para enjugar los pies de Jesús, como gesto de adoración y abandono en la infinita misericordia de Dios.
Para asombro de todos los presentes, Jesús le dice: Tus pecados te quedan perdonados. Los gestos de amor de la mujer, culminan con el olor del perfume que ella llevaba en un frasco de alabastro. Solo Dios reconoce el valor del perfume que deposita sobre los pies del Maestro. Jesús, dirigiéndole las últimas palabras, nos hace comprender que la fe, es la condición sin la cual el perdón y el amor no pueden existir: Tu fe te ha salvado, vete en paz.
Reflexión personal
¿Qué tan consciente soy de que el perdón es fruto del amor? ¿Estoy viviendo el amor en proporción del perdón que necesito? Es bueno recordar las palabras de Cristo: A quien mucho ama, mucho se le perdona.



