En las directrices que san Guido daba a los formadores y las recomendaciones que hacía a sus aspirantes misioneros, podemos descubrir tres elementos en los cuales insistía frecuentemente para que, en el futuro, pudieran responder a los desafíos de la misión que tendrían que enfrentar: 1) una sólida formación humana y cultural; 2) una espiritualidad sobria y profunda, 3) y todo al servicio de un generoso compromiso apostólico.
El Fundador pensó en sus misioneros como personas de una cultura amplia, capaces de enfrentar las muchas exigencias que podría presentar la misión. El misionero debe de ser luz, por tanto, ha de ser un hombre preparado tanto en las ciencias sagradas como profanas, así como estudiar lenguas extranjeras. Toda esta preparación intelectual tiene como objetivo, ser instrumentos aptos para lograr la salvación de las almas. Como podemos ver, la motivación de dicha preparación intelectual tiene siempre una comprensión y finalidad apostólica. Junto a la preparación intelectual, también promovía el desarrollo de aquellas aptitudes prácticas que podrían ser útiles en la misión.
Esta preparación intelectual y cultivo de aptitudes prácticas para un mejor servicio misionero, presupone una base humana adecuada a las exigencias de la misión. De hecho, solía insistir en aquellas virtudes humanas indispensables que elevan la calidad de las relaciones interpersonales como: la serenidad, la cortesía, la lealtad, la alegría, la constancia, la capacidad de diálogo, y la fortaleza para enfrentar alegremente las fatigas y dificultades. Todo esto para gloria de Dios y el bien de los hermanos.
La preparación práctica e intelectual y la riqueza humana, debían complementarse con la invitación a la apertura de espíritu, siguiendo el programa propuesto por san Pablo en la Carta a los Filipenses, de comprometerse con todo lo que es verdadero, bueno y justo (4,8).
Nuestro Fundador sugería estudiar las distintas culturas locales, para elaborar monografías que fueran, para utilidad de los cohermanos e instrucción de todos, así mismo recomendaba que se estudiara con esmero la lengua local, para dominarla pronto, con perfección y hablarla fluidamente, y poder prestar un mejor servicio a la misión.



