Skip to main content

El recorrido histórico de los temas anteriores nos da la base para identificar el pensamiento y la práctica educativa de nuestro Fundador. Por lo tanto, es fundamental recordar cómo el Fundador se ocupó personalmente de los aspirantes a misioneros tanto en el seminario situado en Borgo Leon D’Oro entre los años 1895-1902 como posteriormente en la Casa Madre. Amaba asistir a los momentos de oración comunitaria, predicaba la meditación de la mañana, se interesaba por la disciplina, el estudio y seguía personalmente a los estudiantes. Desde el inicio ya tenía bien clara la finalidad única y exclusiva de su obra.

Posteriormente, a pesar que sus compromisos como obispo no le permitían habitualmente estar entre sus aspirantes a misioneros, monseñor Conforti nunca dejó de interesarse por todos y cada uno de ellos. A menudo los visitaba, les comunicaba las noticias llegadas de China y recibía regularmente al padre Pellerzi (1898-1911). Después, cuando se multiplicaron las casas apostólicas, las visitaba a todas por igual.

A partir de los testimonios de tantos cohermanos y sus escritos podemos afirmar que: su acción educativa era atenta y precisa, pero siempre delicada y nunca obsesiva. Era contrario a posturas dobles y formalistas. Algunos de sus mismos alumnos lo recuerdan como un padre y educador incomparable (P. Guareschi), que tenía el arte de inspirar una gran veneración (Mons. Del Monte).

Podemos resaltar tres elementos importantes del método educativo del Fundador:

1) Subraya la importancia de la tarea educativa llamándole trabajo no menos grande que el trabajo que realizaban los primeros misioneros en China. Esto lo hacía para motivar a los misioneros que él mismo había llamado de China para la tarea educativa en la Casa Madre.

2) Definía de manera orgánica y dinámica la formación de sus aspirantes a misioneros. De hecho, decía: Educar es favorecer y estimular el crecimiento armónico de aquellos que todavía son susceptibles, como cera tierna, ante toda impresión.

3) Al mismo tiempo, tenía bien claro que el fin de la formación xaveriana era preparar nuevos operarios para la misión ad gentes. La misión debe de ser la “norma cotidiana”, es decir, el ideal motivante, la meta soñada, punto de referencia y confrontación concreta. Todo el ambiente formativo debe tender a la misión y estar impregnado de espíritu apostólico.