Un día termina y otro comienza, y si no ponemos atención, nuestra vida pasa tan metidos en nuestras preocupaciones, en nuestros problemas, en nuestras cosas, que corremos el riesgo de acomodarnos con la vida que llevamos aun cuando algo dentro de nosotros nos dice que no estamos bien del todo, pero a veces preferimos quedarnos mejor así que correr el riesgo de cambiar, de reconocer nuestros errores, nuestras debilidades…
Cuaresma es un tiempo propicio para acallar las quejas y los temores que afloran de nuestra débil naturaleza y confiar nuevamente en Dios que siempre nos protege. Esta confianza nos debería motivar para hacer caso a aquellas intuiciones creativas, que nos permitan dar lo mejor de nosotros mismos para que al final de nuestra vida, podamos ir al paraíso, como Joselito, que en el momento histórico que le tocó vivir, vio que nunca como ahora había sido tan fácil ganarse el Cielo. Para realizar aquellos sueños y deseos que a veces se quedan en el baúl de los recuerdos.
Cuaresma es un tiempo para renovar nuestra vida, dejando a un lado todos aquellos sentimientos negativos que pueden llegar a endurecer nuestro corazón y no darnos cuenta que nuestras acciones afectan la vida de los demás, como la avaricia de algunos que se preocupan de sus propios intereses y no piensan en aquellos que, por la tarde casi con las manos vacías, vuelven a casa, con sus sueños destrozados o constatar como el padre Alberto, y ver hasta qué punto llega en este mundo la maldad del corazón, que al olvidarse de Dios es capaz de enviar a niños pequeños, a madres embarazadas y a bebés en lanchas neumáticas que son como cajas de zapatos, ataúdes flotantes, sin más destino que rescatarlos o perderlos.
Cuaresma es un tiempo en que deberíamos hacer caso a la invitación que hacía Mane a los congresistas del CONIAM en San Luis Potosí: ¡Vamos a ponerle ganas!
¡Vamos a ponerle ganas! Para ser mejores, sabiendo que quizás nuestras buenas acciones no nos harán santos en un santiamén, pero deja huella en aquella persona a la que se le tendió la mano.
¡Vamos a ponerle ganas! Para que, como los marineros de la fragata navarra, Dios manifieste su poder a través de nosotros para estar en el lugar exacto y en el momento oportuno, para no dejar pasar ninguna posibilidad para hacer el bien.
¡Vamos a ponerle ganas! Para ser los brazos de Cristo, que consuela, que sana, que rescata, que auxilia, que da abrigo, que acompaña, que sonríe, que da esperanza y alienta.
¡Vamos a ponerle ganas! Para que el darnos cuenta de que no estamos solos en el camino, no llene de entusiasmo para seguir a Jesús en su misión, una misión que es salida, que es fiesta, que es vida.



