Estamos tan acostumbrados a vivir un nuevo día, que ya no nos llama la atención, al contrario, algunas veces es motivo hasta de cierto enfado porque tenemos que levantarnos para ir al trabajo, a la escuela, para cumplir con nuestras obligaciones, y sobre todo si está un poco fresca la mañana, por qué no quedarse otros cinco minutitos para seguir descansando.
Sin embargo, yo creo que más que ver la mañana solamente como una parte de nuestra jornada, tendríamos que verla como una nueva oportunidad que el Señor nos da para cambiar aquello que no está bien y comenzar de nuevo.
Ya que siempre existe el riesgo de ver la vida de manera pesimista debido a las situaciones difíciles que tenemos que enfrentar, reviviendo cada día las dificultades que en el pasado tuvimos con los demás, quejándonos por aquello que perdimos o que no supimos valorar.
Pues la alegría de celebrar cada año a Jesús resucitado, nos debería motivar a confiar más en Dios, como Job que en medio de la desgracia decía convencido: bien sé yo que mi Defensor vive y que Él hablará el último, de pie sobre la tierra. Yo me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne veré a Dios.
Seguramente aquella mañana que los apóstoles se despertaron después de tres días de remordimiento y dolor, no se imaginaban que María les anunciaría la buena noticia de que Jesús estaba vivo y los esperaba para comenzar de nuevo. Esta experiencia que Jesús ofreció a los apóstoles en la mañana de la resurrección también nos la ofrece a nosotros si estamos dispuestos a aceptarla ya que:
Cada mañana, Dios puede sanar nuestras vidas, para que seamos protectores del mundo y no depredadores, para que sembremos hermosura y no contaminación y destrucción.
Cada mañana, podemos descubrir a Dios que está en medio de nosotros, viendo las manifestaciones de fe de otras partes del mundo, tan llenas de sentido, de alegría, de fe y confianza que hace que los fieles levanten sus rostros y sus brazos hacia el cielo en un ambiente de fervor y emoción, y nos lleve a querer ser parte de esa celebración que crea el ambiente propicio para hablar con los amigos, para que las familias se reencuentren, convivan y compartan juntos la fe.
Cada mañana, tenemos la posibilidad de pedir al Señor, aquel don de gentes que regaló al padre Shadow, y que le hacía fácil relacionarse con todos los hermanos y con cualquier tipo de persona, tanto en casa, como en las diferentes colonias donde iba al apostolado.
Cada mañana, el Señor nos brinda la oportunidad de vivir al límite, no porque practiquemos deportes extremos, sino porque ponemos lo mejor de nosotros mismos en cada uno de los momentos de nuestra vida, atreviéndonos al punto de llevar a cabo nuestra misión de mostrar el amor del Padre por la humanidad y amar al prójimo hasta el extremo de dar la vida, si fuera necesario como Jesús en la cruz.
A quien no le gustaría que un buen día, de repente con cada persona que nos encontráramos viendo nuestra actitud positiva ante la vida y como la vivimos con alegría, a pesar de nuestros problemas, nos preguntara: ¿Cuál es tu secreto? Y nosotros le respondiéramos: todo comenzó una mañana…



