En un continuo lamento, vive, el justo Job. La razón es evidente: ha perdido todos sus bienes, hijos y posesiones. Sus amigos tratan de consolarlo para que no continúe reprochando a Dios por lo que le ha sucedido. Sin embargo, un discurso de sabiduría humana se revela en todos sus lamentos. Su queja es la voz del que reclama al enemigo, al diablo, su acción perversa contra la humanidad. Su queja es la defensa legítima de una víctima que sufre el desamparo de la justicia, y padece un sinfín de contrariedades a pesar de haber sido siempre fiel a Dios, su creador. La historia de Job es la historia de todo hombre que trata de comprender el porqué del mal en el mundo. Dejémonos instruir por la sabiduría de este gran libro de Job.
¡Job, nunca ha sido derribado!
Atosigado por los discursos de sus tres amigos: Elifaz, Bildad y Sofar, Job afirma con ímpetu lo que espera: bien sé yo que mi Defensor vive y que Él hablará el último, de pie sobre la tierra. Yo me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne veré a Dios (Jb 19, 25-26). En efecto Dios será quien oriente el raciocinio de los amigos de Job, y quien reestablezca la claridad en la conciencia de éste, ofuscada por el mal sufrido en carne propia y expandido en el mundo.
Un personaje de nombre Elihú, que quiere decir Dios mismo, y que ha sido testigo desde el inicio del discurso de Job y sus amigos, se pronuncia con sabiduría innata, sabiduría divina, irrefutable, que el mismo autor, tomando la Creación como testigo de esta sabiduría suprema, pasa la palabra a Dios mismo estableciendo así un diálogo directo entre Job y Yahvé.
Ver a Dios en su propia carne
Yo te conocía solo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos. Por eso retiro mis palabras y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza. Son las palabras conclusivas de Job. Tal vez, en la lectura completa del libro no encontremos respuesta a los problemas esenciales de todo hombre: el sufrimiento y la muerte. Sin embargo, el hecho de hablar en oración con Dios mismo en medio de llantos, lamentos, gritos… nos da ya una cierta tranquilidad. Lo mismo le sucede a Job, lo que nos hace concluir que, en el trasfondo de ese diálogo de lamentos, de quejas y reclamos contra Dios con sus tres amigos, había precisamente el deseo de ver a Dios, sabiendo que es el único que podría darle la paz a su alma ante tan terrible prueba.
Reflexión personal
¿Cuáles son mis reacciones delante de mis amigos ante las injusticias sufridas en carne propia? ¿He sido capaz, en la vida de oración, de hacer reclamos y lamentaciones? ¿Cómo me ha respondido Dios ante tales atrevimientos?



