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P. José Luis Castillo

Somos llamados a la santidad, pero, ¿cómo hacerle?

En la historia de la Iglesia han surgido varios santos que nos ayudan a responder a través la santidad al amor que Dios nos tienen … veamos uno de ellos

Domigo Savio: un santo a los catorce años. Siendo alumno de San Juan Bosco, en el oratorio de San Francisco de Sales. El 12 de junio de 1954 el papa Pío XII canonizaba a Domingo Savio. El nuevo santo había muerto el 9 de marzo de 1857 tres semanas antes de cumplir los quince años. La Causa de su beatificación, al principio despertó cierta oposición por la corta edad de Domingo Savio. Hasta entonces la Iglesia no había canonizado a ningún adolescente que no fuera mártir. ¿Podía un joven de 14 años vivir las virtudes en grado heroico?

Nació en Riva de Chieri, en el Piamonte (Italia) el 2 de abril de 1842, en el seno de una familia humilde y cristiana. Su padre, Carlos Savio, y su madre, Brígida Agagiate. El mismo día de su nacimiento, el niño fue bautizado. Al recibir las aguas bautismales se le impuso el nombre de Domingo (el que está consagrado al Señor).

En la escuela es el mejor alumno por su buena conducta y aplicación. El 8 de abril de 1849, recién cumplidos los siete años, Domingo hace su Primera Comunión en el que, con pluma insegura y mano firme, escribe unos propósitos que cumpliría hasta el final de su vida. Son éstos:

1) Me confesaré muy a menudo y recibiré la Sagrada Comunión siempre que el confesor me lo permita;

2) Quiero santificar los días de fiesta;

3) Mis amigos serán Jesús y María;

4) Antes morir que pecar

Don Bosco hacía ver a los alumnos del Oratorio en qué consistía la santidad, al cual Domingo le pide: ayúdeme a hacerme santo. Don Bosco tomó en serio aquella petición. Llamó a Domingo y le dijo: Quiero regalarte la fórmula de la santidad. Primero: alegría. Lo que conturba y quita la paz, no viene de Dios. Segundo: tus deberes de clases y de piedad. Atención en la escuela, entrega al estudio, entrega a la piedad. Todo ello por amor al Señor y no por ambición. Tercero: hacer el bien a los demás. Ayuda siempre a tus compañeros, aunque te cueste algún sacrificio. En eso, está toda la santidad. Lo que anteriormente Domingo ya le había pedido con otras palabras:  yo soy la tela y usted es el sastre. Lléveme a Turín y haga de mí un buen traje para el Señor.

La delicada salud de Domingo empezó a debilitarse y en 1857, don Bosco lo envió a Mondonio, con sus padres, para cambiar de aire.  Los medicos diagnosticaron que padecía de pulmonía, y decidieron sangrarlo, según se acostumbraba en aquella época. El tratamiento no hizo más que precipitar el desenlace. Domingo recibió los últimos sacramentos y, al anochecer del 9 de marzo, rogó a su padre que recitara las oraciones por los agonizantes. De repente su rostro se transfiguró con una sonrisa de gozo, y exclamó: ¡Estoy viendo cosas maravillosas! Estas fueron sus últimas palabras.

Es el patrono de los coros y de los monaguillos, grande ejemplo para muchos de nosotros que queremos conocer la voluntad de Dios y consagrar nuestra vida, consagrando nuestras actividades, pensamientos, actitudes…