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P. Marcos Garduño s.x.

Si Dios tiene un plan para tu vida, ¿por qué tú no?

En una ocasión me llamó la atención el letrero de una playera que en la parte de delante tenía un código de barras, y decía Dios no te ha hecho en serie, y por la parte de atrás te ha hecho en serio. Esta es una realidad que se puede basar en varios pasajes de la Sagrada Escritura, que la vida es un regalo gratuito de parte de Dios, pero no por ello carente de valor. Antes de darnos la vida la amó, la valoró y la ordenó para que en cada uno de nosotros tuviera cumplimiento su plan salvífico.

Todo aquello que ha sido llamado a la existencia, especialmente, la vida humana, en Dios tiene una misión que cumplir. Para que ese plan se realice en el tiempo y espacio, es necesario un proceso de aprendizaje de parte de nosotros. El proceso de vida biológica dice que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, sin negar esta realidad juntamente se desarrolla en nosotros un proceso de crecimiento espiritual que nos habla de un plus, de una relación con Dios constante, y que nos dice que la vida está llamada a ir más allá de lo biológico y por tanto estamos llamados a vivir ese desarrollo desde hoy para continuar en la eternidad.

Juntamente con  el camino de crecimiento espiritual requiere de un proceso en la fe, evidentemente el ser humano cuando nace es un perfecto inútil, un bebé no es capaz de comer, hablar, caminar, defenderse ante las inclemencias de la vida y por tanto necesita de ser acompañado con mucha delicadeza por una persona mayor que él que cuenta con estas cualidades. De la misma manera en la fe se requiere un acompañamiento cercano, delicado de parte de la familia biológica y de la familia espiritual que es la Iglesia, familia de Dios.

En la actualidad hay muchos padres de familia que, evadiendo su grave responsabilidad de educar y acompañar a sus hijos en el crecimiento de su fe, carecen de diálogo entre ellos y un proyecto familiar. Esto podría ser tan riesgoso como abandonar un bebé en la selva siendo simples espectadores.

Hace poco en un encuentro de jóvenes en una comunidad de Puebla, un joven se acerca y me dice: Una amiga mía se encuentra en un gran dilema y no sé cómo ayudarla. Hace poco cumplió 18 años de edad, su madre es de confesión evangélica, su padre es católico y durante todo el tiempo asistía un fin de semana con su madre y el otro, con su padre. Ahora que ha llegado a ser adulta sus padres le exigen decidirse entre una u otra, sin embargo, cuando asiste con los católicos su madre y todos sus familiares la tratan mal, con desprecio y la presionan psicológicamente. Cuando asiste con su madre al servicio con los evangelistas sucede exactamente igual con su papá y toda la familia ¿Qué puede hacer? A ella no le gustaría ser causa de división entre su familia.

Hoy en día nos parece encontrar muchos bebés abandonados en la salvaje inclemencia de la selva. Está de moda. Hace poco un niño que venía a confesarse para hacer la primera comunión me dijo: Mi madre es gnóstica, mi padre budista y yo he decidido ser ateo.