El pasado 11 de diciembre en el Cairo, Egipto, ocurrió un desagradable suceso; un ataque terrorista perpetrado en la catedral de la Iglesia Copta Ortodoxa de San Marcos. El acto le arrebató la vida al menos a 25 personas, por lo que la Iglesia Católica Copta de Egipto, como un gesto de solidaridad invitó a que las celebraciones navideñas se realizarán con sobriedad.
Actos como este, lleva al creyente que se enfrenta a un panorama muchas veces desalentador, donde pareciera que las malas acciones opacan las muestras de amor, afecto y caridad de muchas personas, a cuestionarse: ¿Qué realmente celebramos? o ¿Para qué celebramos?
Este acto terrorista como muchos otros que intentan opacar con violencia y amargura el gran misterio de la Encarnación de Dios en medio de su pueblo, vuelve a colocar la fe del cristiano creyente en un lugar privilegiado, siempre tenemos algo que celebrar, porque Dios se hizo hombre y comparte con nosotros todos nuestros dolores, alegrías, esperanzas y sobretodo, nuestra humanidad que se muestra frágil y a veces impotente. Allí es donde la fuerza de Dios actúa y convierte un acto de vileza sin justificación en una denuncia del mal, pero al mismo tiempo un motivo para celebrar la vida como un regalo que no se puede menospreciar.
La fiesta de Navidad aunada con la de la Sagrada Familia que hemos celebrado, debe hacer reflexionar sobre la gran familia de Dios que celebra su esperanza frente aquellos actos irracionales del hombre que busca imponer su voluntad a la fuerza. El acto generoso de Dios al dar la vida por nosotros, al encarnarse como uno de sus hijos, es sin más, el gesto de amor más grande que pueda haber, por ello siempre habrá motivos para celebrar nuestra esperanza, ya que Dios ha optado por el ser humano, desde su debilidad, contradicción e inclusive con todo su pecado para poder redimirlo.
Así como la Iglesia Copta deberá levantarse después de llorar a sus muertos, seguir construyendo el futuro con la esperanza de que Dios siempre está con ellos, de la misma manera cada creyente desde su vida cotidiana está llamado a sembrar amor por cada lugar donde pase. La esperanza nunca muere en la vida del católico, incluso en el dolor, ya que el sentirse amado por Dios debe llevar a esperar contra toda desesperanza.
En este año te invito a poner tu fe, esperanza y caridad en acción, de manera que seas reflejo vivo de nuestro Dios encarnado. La violencia y el mal nunca podrán corromper a un pueblo que ha puesto su último respiro en Dios, ya que sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo (Ef. 1,22).



