Hay ya en vista diversas peregrinaciones que también de nuestra Parma partirán a la Ciudad Eterna, y yo a partir de este momento les anuncio la peregrinación diocesana que en mayo y en junio próximo tendrá lugar, a la cual yo mismo, si Dios quiere, presidiré y para la cual se están tomando los convenientes acuerdos y que les serán en breve comunicados.
Y ustedes dispónganse a tomar parte en esta solemne demostración de fe, también demostrar al Vicario de Cristo, su veneración y su afecto. A Roma, a Roma: he aquí el monte santo en el cual podremos tomar nueva energía y vigor en el camino de la vida cristiana y reafirmar nuestra alianza con Dios. Allí sentiremos fuertes las inspiraciones de los héroes que lucharon por tres siglos contra todas las potencias de la tierra y vencieron: admiraremos los prodigios de la cruz del Nazareno que, despojada de todo argumento humano, izada por el Pescador de Galilea, ha triunfado sobre todo y de todos. Tendremos una nueva prueba de la divina vitalidad de la Iglesia en la grandiosa exposición misionera que nos hablará de las fatigas, de las luchas y de los triunfos del apostolado católico que sigue adelante en su marcha hacia la conquista.
Veremos a Pedro en la persona de su dignísimo sucesor, el Pontífice, el padre de la gran familia cristiana, el Vicario de Cristo, que les dirigirá aquella palabra santa que llevará nueva vida a nuestra fe, nuevo ánimo, nuevo entusiasmo a nuestros corazones. A los pies del Santo Padre y cercanos a él, con él elevaremos a Dios, por el triunfo de la Iglesia la misma oración, vivificados por el aliento de la misma fe. Es verdad que también de lejos podemos y debemos orar en unión con el Vicario de Cristo, pero es cierto que la cercanía de los corazones, la palabra viva del Padre, las santas impresiones, que se recibirán sobre la tumba de Pedro a los pies de su sucesor, serán tales que harán más fervorosa nuestra oración, más ardiente, más acepta a Dios. Se tienen momentos sublimes en nuestra vida mortal, en los cuales nuestra oración debe ser escuchada, uno es ciertamente aquel de la oración común del representante de Cristo con sus hijos que han acudido alrededor de él de todas partes del mundo.
¡Oh, cuán bello y consolador será ver al Verbo de Dios en la persona visible de su Vicario! Cómo será bello ver al blanco anciano del Vaticano extender los brazos, levantar hacia lo alto la mirada y los suspiros del corazón, y bendecir a todas las naciones del mundo católico. Delante de él, no habrá distinción de ninguna clase: todos nos sentiremos hermanos, porque todos experimentaremos la santa alegría de ser hijos del mismo padre que a todos sonríe y bendice.



