Normalmente Jesús se atribuye el perdón de los pecados, así como lo pide en la cruz (cfr. Lc 23, 34) y como lo expresa en palabras: Tus pecados te son perdonados (Mc 2, 5; Mt 9, 5; cfr. Lc 7, 48).
En efecto el texto emplea una fórmula que se llama pasivo divino, es decir una forma verbal para expresar una acción de Dios, pero sin nombrarlo, como ordena el segundo mandamiento (cfr. Ex 20, 7; Dt 5, 9).
Sin embargo, Jesús pide a sus discípulos que perdonen y les da el poder o la autoridad para hacerlo (cfr. Mt 9, 8; 18, 18). Esta es la misión que Jesús deja a sus discípulos: A quienes perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos (Jn 20, 23). Como ya hemos recordado, esta es también la misión universal, en palabras de Jesús: En mi nombre serán predicados la conversión y el perdón de los pecados a todas las naciones (Lc 24, 37).
En sus discípulos Jesús exige un perdón sin límites: Si mi hermano me ofende –pregunta Pedro–, ¿cuántas veces debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Le contestó Jesús: No solo hasta siete sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-22). El perdón, el amor y hacer el bien, para Jesús no se debe hacer solo a los que nos aman, sino también a los pecadores y a los enemigos (cfr. Lc 6, 32-35).
Este es el contenido de la bienaventuranza: Dichosos los misericordiosos porque tendrán misericordia (Mt 5, 7). Para Jesús, es tan importante el perdón a los demás al punto que lo pone como condición para recibir el perdón del Padre (cfr. Mt 6, 12. 14-15) y lo exige con extrema severidad como lo expresa la parábola del siervo sin entrañas (cfr. Mt 18, 23-35).
A Jesús le gusta la fórmula del profeta Oseas: Quiero misericordia y no sacrificios (Os 6, 6), con una explicación: Jesús ha venido para sanar a los enfermos y salvar a los pecadores (cfr. Mt 9, 12-13) y no a condenar a los inocentes (cfr. Mt 12, 7). Esta fórmula tiene una relevancia particular si se conecta con la importancia salvífica definitiva de las obras de misericordia.
En el relato del juicio final –que propiamente no es una narración acerca del futuro sino una parábola acerca del tiempo presente–, el Hijo del hombre dirá: Vengan benditos de mi Padre a recibir el reino: porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me hospedaron, estaba desnudo y me vistieron, estaba enfermo y me visitaron, encarcelado y me vinieron a ver (Mt 25, 34-36).
Un ejemplo muy conocido de la práctica de las obras de misericordia es la parábola de buen samaritano, el cual, a diferencia de la insensibilidad del sacerdote y levita, tuvo misericordia y puso en práctica casi todas las obras de misericordia de la lista. En efecto este es el modo como se porta como prójimo, es decir cuando tiene misericordia con el necesitado (cfr. Lc 10, 30-37).
Es interesante recordar que todas esas obras de misericordia están atribuidas a personas que no conocen a Cristo, pero a la vez la enseñanza de que un cristiano ve en los necesitados el rostro y la carne de Cristo, debería cumplirlas más que otros y enseñar a todas las naciones a cumplir todo lo que Jesús nos ha mandado (cfr. Mt 28, 19-20).



