Orar por los difuntos es una de las más bellas formas de hacer oración, ya que no oramos por nosotros mismos, sino al contrario, por los demás. Además, no es una oración para pedir bienes terrenales, salud, protección, éxito..., sino la remisión de los pecados.
Para los que vivimos en esta tierra siempre existe la posibilidad de arrepentirse ante el Señor, pero para aquellos que han dejado este mundo ya no hay más oportunidades, ya no hay más tiempo como nos lo recuerda la parábola del rico y del pobre Lázaro (cfr. Lc 16, 19-31).
La oración por los difuntos, por tanto, es señal de una profunda fe en la infinita misericordia de Dios. Rezar, incluso para los que han dejado esta vida terrenal, es demostrar que tenemos fe en la cruz de Cristo y que esperamos en su infinito amor. Dios es más generoso de lo que imaginamos, la cruz es más fuerte, aunque no lo creamos y la gracia divina más abundante de lo que pensamos.
Algunos ponen a veces como objeción el versículo: Deja que los muertos entierren a sus muertos (Mt 8, 21). Si este versículo lo tomamos al pie de la letra, se constata que se refiere al funeral, y no a la oración por los difuntos. Pero ¿de qué habla Cristo en este versículo? No de los que tienen fe en Él, porque además dice: El que cree en el Hijo tiene vida eterna (Jn 3, 36).
Se puede concluir que este versículo no se dirige a los cristianos y, por tanto, no puede servir como objeción para no seguir orando por los difuntos, sino que afirma que los que entierran a sus muertos como si estuvieran muertos, como si la muerte no hubiera sido derrotada, todavía están muertos, no han entrado en el Reino de Dios, ya que nosotros creemos que Cristo ha vencido a la muerte.
Es por eso que rezamos por los que ya descansan, creyendo que Dios supera nuestras limitaciones terrestres y nuestros prejuicios histórico-culturales. Si teníamos alguna duda sobre la validez de la oración por los difuntos, tengamos la fe de la cananea (cfr. Mt 15, 21-28) que supo invertir el orden que se creía establecido.
¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh! muerte, tu aguijón? (1Co 15, 55).