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San Guido

La limosna para los misioneros de China

La última obra prescrita es la limosna a los pobres, o a otra causa piadosa. Y permítanme, oh, hermanos e hijitos queridos, que por este motivo señale a su piedad y a su generosidad dos obras: una de fe y la otra de caridad que no pueden no interesar a su corazón. Llamo su atención a las grandiosas restauraciones del santuario de Fontanellato que deben atestiguar a los coetáneos y a los que vengan después su piedad filial hacia la augusta Reina del Cielo…

Además, solicito su atención con respecto a los lejanos caminos de China y especialmente del Honan occidental, campo evangélico confiado a nuestros queridos misioneros, donde se muere de hambre. Las guerras internas que recientemente han cambiado el aspecto de aquel inmenso territorio, y más que nada la obstinada sequía que dura desde hace tiempo, han hecho infructuosas dos cosechas. En consecuencia de esto, y por la falta de fáciles comunicaciones, las poblaciones del interior, consumada toda reserva, son forzadas ahora a luchar por las necesidades más urgentes de la vida. Me llegan de allá cartas desgarradoras. ¿Alguna vez han pensado, así escribe monseñor Calza, en las pobres madres, en las pobres esposas, que además de ellas deben sostener la vida de sus inocentes criaturas, mientras no tienen un pobre alimento?

El padre Brambilla me escribe desde Yu-cho que allá es estable el mercado de pobres muchachas: es una cosa indigna de los padres, pero el hambre es una triste consejera y muy pronto seremos testigos de lo peor todavía. Terminada la última reserva, ¡solo Dios sabe qué cosa puede venir! ¡Oh!, al menos nosotros misioneros pudiéramos llevar un remedio: al menos lo podemos en los lugares donde nos encontramos, al menos algunos millares de hambrientos deben reconocer de ser deudores de la vida por la caridad de los misioneros.

Y yo les puedo decir que nuestros misioneros han hecho y hacen grandes obras de caridad. Monseñor Calza en estas terribles circunstancias recibió alrededor de trescientos niños en el orfanatorio de la misión; el Padre Uccelli, como me escribió hace pocos días, recibió más de setenta. Y así la mayoría de los otros cohermanos, por no hablar de la ayuda que todos los días se hace a los pobres de toda clase social que con fatiga y en multitud vienen a tocar a las puertas de la misión. Pero más adelante, si esta realidad continua, ¿podrán ellos ser suficientes para afrontarla?

Hermanos e hijitos queridos, perdónenme el paréntesis y permítanme que les diga que sí, para la adquisición del santo Jubileo, teniendo en cuenta su caridad también por los lejanos hermanos de China, que miran a ustedes con un corazón lleno de confianza y de esperanza, harán una obra altamente meritoria a los ojos del Señor que enseña en los libros inspirados que la caridad cubre la multitud de pecados y hace encontrar misericordia y perdón a sus ojos.