Skip to main content
P. Carlos Mongardi

El rostro de la misericordia del Padre

En la vida y persona de Jesús, en sus hechos y palabras, se revela el rostro misericordioso del Padre en los caminos y límites de la existencia humana. Jesús es misericordioso con todos y siempre, pero su experiencia no alcanza a muchos, por eso pide a sus discípulos que practiquen la misericordia y el amor, con todos y sin discriminaciones, como Él lo practicó e incluso como los practica el Padre mismo (cfr. Mt 5, 44-48).

Ámense los unos a los otros como Yo los he amado (Jn 13, 34; 15, 12). Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso (Lc 6, 36). Son expresiones límite o supremas de la misericordia. Jesús se manifiesta como el revelador de la misericordia del Padre (cfr. Lc 6, 27-36; Mt 5, 38-48), a partir de acciones y actitudes que deben tener los discípulos a semejanza de Jesús y del Padre. Dios nos pide amar a nuestros enemigos y orar por los que nos odian (cfr. Lc 6, 17), porque Él es bueno y misericordioso con todos hasta con ingratos y malvados (cfr. Lc 6, 35): el Padre celestial hace salir su sol sobre malos y buenos y manda su lluvia sobre justos e injustos (Mt 5, 45).

De los muchos momentos y episodios de la misericordia de Jesús, podemos recordar solo unos ejemplos significativos.

En primer lugar, Jesús siente compasión o misericordia por la muchedumbre que lo sigue (Cfr. Mt 14, 14), particularmente cuando la ve maltratada y abatida, como ovejas sin pastor (Mc 6, 36; Mt 9, 36). Por ello multiplica y reparte el pan para la gente que lo anda siguiendo y envía a sus discípulos a predicar el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todos los pueblos (Lc 24, 47) y a expulsar a los espíritus malos y curar toda enfermedad y dolencia (Mt 10, 1).

En segundo lugar, trata con misericordia a todas las personas necesitadas y sufrientes que se acercan a Él, como el ciego que le grita: Jesús, hijo de David, ten compasión de mí (Mc 10, 47) y recobra la vista y la salvación: Vete, tu fe te ha salvado (Mc 10, 52).

Escucha a una mujer pagana, que implora por la salud de su hija gravemente enferma, poseída por un demonio, y lo llama Señor manifestando una fe firme con la que Jesús puede salvar no solo a los judíos, sino también a los paganos (cfr. Mc 7, 26-28). Y la fe que mueve montañas (cfr. Mt 17, 20) mueve al mismo Jesús que opera la sanación a distancia (cfr. Mc 8, 29-30), como hace con el hijo del centurión romano (cfr. Jn 4, 46-50). En efecto esto indica que Jesús puede salvar a todo mundo y también a nosotros a distancia de tiempo y lugar, aunque no podamos decir: Señor, Señor, hemos comido y bebido contigo y has enseñado en nuestras plazas (Lc 13, 26).

En las Cartas de Pablo se repite el mensaje de la misericordia de Dios que quiere salvar a toda la humanidad, sin distinción (cfr. Rom 11, 32; Fil 2, 4) y según su misericordia nos salvó por la cruz de Jesús (cfr. Tit 3, 5), así como el mismo Pablo había sido alcanzado por la misericordia de Dios (cfr. 1Co 7, 25), anunciaba a todos la salvación en Jesús crucificado (cfr. 1Co 1, 23).

De la misma manera, Jesús en la cruz implora la misericordia de Dios sobre sus verdugos: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34) y al buen ladrón junto al perdón le entrega el paraíso (cfr. Lc 23, 43).