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P. Jesús Romero

Perdonar al que nos ofende

Estimados lectores, después del paréntesis veraniego y dando uno que otro salto de una obra de misericordia a otra, ahora nos encontramos con las obras de misericordia espirituales, que nos comprometen de manera seria en la vida concreta y que en el fondo son más exigentes que las corporales. El mes de octubre que tiene un fuerte acento misionero nos invita también a reflexionar sobre la cuarta obra de misericordia espiritual: Perdonar al que nos ofende.

Perdonar y ser perdonado

Recibir el don del perdón, de la reconciliación, de la paz, recibir nuevo crédito… parece siempre más fácil que perdonar a quien nos ha hecho daño, sin embargo, lo que vale de ida, vale de vuelta. Conozco a muchos cristianos que han expresado en alta voz: perdonar es imposible, aunque quiero, no puedo. La cabeza y el corazón no caminan al mismo paso; mientras que uno quiere el otro no responde.

Hay que afirmar que tú y yo somos deudores de los buenos que nos han perdonado; quien ha recibido mucho tendría que dar mucho. Esta debería ser la dinámica normal, sin embargo, en la vida concreta quien mucho recibe es ingrato, tacaño, codo, intransigente para regalar un poco de lo mucho que ha recibido.

 Quien se acepta a sí mismo, está preparado para perdonar a los demás.

Cuando concluye nuestra capacidad humana de perdonar, empieza la esfera de Dios.

El perdón es una opción del corazón que va en contra del instinto espontáneo de devolver el mal por mal.

(San Juan Pablo II)

 Reciprocidad en el don

Todo hombre o mujer tiene necesidad de dar y recibir el perdón, la dinámica es circular: recibir y dar. En todo caso el perdón no se gana, nadie lo ha ganado, no se merece, no se puede pagar porque la autenticidad del don se juega en la gratuidad. Ningún perdón recibido o dado incluye factura, siempre ha sido gracia, don, bendición, regalo. Siempre tiene el sello de una palabra mágica: gratis.

 La reciprocidad quiere decir que es mutuo entre dos partes; que sea con la parte beneficiada o con otros. Tú eres beneficiado, se te ha dado nuevo crédito y es probable que correspondas con un corazón lleno de gratitud; sin embargo, no hay que descartar la ingratitud y la incapacidad de ser misericordioso con quien te debe poco. Hay que afirmar que muchos otros tienen un corazón más humano y cristiano que pueden hacer la obra que tú no fuiste capaz de aprovechar.

 La mayor parte de los hombres escriben los beneficios en la arena y graban las maldades en tablas de bronce.

(Tomás Moro)

La comunidad es lugar de perdón. A pesar de toda la confianza que podamos tener unos con otros, hay siempre palabras que hieren, actitudes con que uno se antepone a los demás, situaciones en las que las sensibilidades chocan entre sí, es por eso que la vida común conlleva cierta cruz, requiere cierto esfuerzo constante y una aceptación que significa perdonarse mutuamente cada día.

(Jean Vanier)

 Perdonar no es opcional para un discípulo del Señor Jesús

El hecho de que sea difícil entrar por la puerta estrecha del perdón fraterno no quiere decir de ningún modo que sea opcional. Hay que afirmar lo contrario: perdonar y ser perdonado es una exigencia en donde se juega la autenticidad del ser cristianos y la autenticidad del cristiano está en el Evangelio de la misericordia.

Para arreglar un conflicto, llevas un cuchillo que corta o una aguja que cose.

El remedio a la disputa, es uno que se calla.