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Tempus fugit, es una expresión latina que se podría traducir como el tiempo vuela, y este es un hecho que no lo podemos negar. Para muchos estos meses son un periodo de cambio, de comenzar nuevas etapas en la vida, como los recién profesos que van a iniciar el estudio de la filosofía, o como Juan José, recién ordenado sacerdote que ha sido destinado a Bangladesh.

 Pero aun cuando no haya cambios importantes en nuestra vida, creo que es conveniente de vez en cuando tomarse un tiempo para reflexionar y seguir aquel consejo que daba el monje al rey: Nunca comiences algo sin que antes hayas reflexionado cuál será su final, ya que la vida pasa tan deprisa, que si no ponemos atención, podemos desperdiciarla en algo que no vale la pena, perdiendo un tiempo valioso que cuando lo queramos recuperar, ya será demasiado tarde, porque desgraciadamente no podemos volver al pasado para corregir nuestros errores o aprovechar las oportunidades que la vida nos brindaba. Lo mismo nos puede suceder al ver como, por no estar atentos, hemos perdido a alguien importante en nuestra vida, y más si fallece, es cuando nos demos cuenta de la verdad de aquel dicho que dice: Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido.

Tempus fugit, uno piensa que por ser joven o tener una buena salud, el momento de partir de esta tierra tardará en llegar, pero nadie tiene la vida asegurada, por lo que creo que es conveniente en primer lugar disfrutar los momentos felices, para que, al recordarlos, sentimos como algo dentro de nosotros se nos ilumina. En segundo lugar, es también bueno reconocer que no siempre hacemos las cosas bien, que no somos perfectos, y por tanto necesitamos de la misericordia de Dios y pedir perdón a aquellas personas que hemos causado daño. Sobre todo, deberíamos aprovechar estos últimos meses del Jubileo, para acercarnos a nuestro Dios que, por su manera de tratarnos, para algunos podría parecer un gesto escandaloso, ya que, si bien aborrece el mal, sin embargo, sigue amando a sus hijos, y hace hasta lo imposible por encontrar a los que se habían perdido. No desperdiciemos este tiempo de gracia en el cual, si estamos agobiados, es decir, culpables de muchos errores o esclavos de nuestras pasiones, escuchemos al Señor que nos llama con la voz del corazón, no nos perdamos porque nos queremos perder, como diría san Guido.

Tempus fugit, a quién no le gustaría llegar al final de su vida, y tener lo que llaman los bamileké, una buena muerte, sabiendo que se ha vivido plenamente, que se ha sabido disfrutar tanto de las pequeñas cosas, como los acontecimientos importantes. A quién no le gustaría al final de la vida reconocer como la Virgen María, qué el Señor ha hecho cosas grandes en nosotros, por pura misericordia. Como cambiaría nuestra vida si la reconociéramos como un don y por tanto una oración.