Hablando de misericordia como perdón y don superabundante, no podemos olvidar que en la Escritura va unida con la justicia, dar a cada uno lo propio y hacer cada uno lo propio.
Un ejemplo de equilibrio entre misericordia y justicia, lo encontramos en el cántico de María llamado el Magnificat (Lc 1, 46-55), por el que también invocamos a María como madre de misericordia.
Comienza con una alabanza a la misericordia del Señor, la cual es el verdadero motivo por el que el alma alaba al Señor y el espíritu se alegra en el Salvador (Lc 1, 46-47). El Dios poderoso, cuyo nombre es santo, permitirá que todas las naciones feliciten a una mujer que se considera la esclava del Señor (Lc 1, 48-49).
Esta felicitación que se volcará en la historia a esta muchacha de trece o catorce años, embarazada por la misericordia de Dios, alcanzará también a los fieles de generación en generación (Lc 1, 48- 49). No deja de sorprender que sea una luz en la historia humana y una señal de misericordia para todas las mujeres, una muchacha humilde y esclava del Señor.
Luego el himno se enfoca en la justicia de Dios, que con su poder dispersa a los soberbios, que tienen planes de dominio y violencia sobre los demás. Para lograr esto, Dios derriba de sus tronos a los poderosos, eleva hasta el trono a los pobres y humildes, además de dar más que el pan de cada día a los hambrientos y no permitir a los ricos se queden con algo (Lc 1, 51-53).
Este texto no representa una inversión automática – mágica o apocalíptica – de situaciones de violencia, opresión, injusticia, ni un mecanismo o una revolución que pretende cambiarlo todo, pero sin que nada cambie realmente, como cuando se da la vuelta a la tortilla.
En primer lugar, el Magnificat expresa la esperanza de un cambio y transformación radical de una sociedad violenta, injusta, opresora, pero confiando en un Dios, cuya imagen es totalmente diferente de la que manejan todos los opresores y los teólogos del poder.
En segundo lugar, es una lástima que se haya olvidado de este cántico, la fuerza de transformación y liberación global y se haya convertido en un cántico ritual y contemplativo de resignación, o esperanza pasiva en la intervención de un Dios en favor de los pobres, hambrientos humillados y descartados. En realidad, nos impulsa a todos a participar con nuestro esfuerzo en todos los caminos de liberación de los oprimidos, de las mujeres, de los marginados de nuestros días.
Y el cántico, en su conclusión, vuelve a recordarnos que la misericordia ha actuado en la historia, desde la experiencia de Abraham, de nuestros antepasados y de su descendencia para siempre (Lc 1, 54-55). Es una memoria que actualiza la misericordia o bendición de Dios a Abraham: Te bendeciré y haré famoso tu nombre y servirá de bendición… En tu nombre serán bendecidas todas las familias del mundo (Gen 12, 2-3). La novedad de esta bendición universal se renueva en esta mujer, bendita entre las mujeres y madre del Señor de la misericordia (Lc 1, 48).



