Autor: P. Umberto M. Marsich
/ Habiendo
superado la contraposición fe y política, los cristianos comprometidos advierten la necesidad de una nueva legitimación de su quehacer político que retorne a las mismas raíces del mensaje cristiano, reasignando a la política calidad y confianza. La política debe ser el complemento y, en cierto sentido, la anticipación del deber cristiano de la caridad. Construir la sociedad resulta también un deber que nace de la profesión de la fe y un medio para testimoniarla.
La fe cristiana, de hecho, no tiene sentido auténtico si no es vivida dentro de la lógica de la Encarnación. Es una fe llamada a hacerse historia en un sentido concreto y específico y, de este hacerse historia, la acción política será su dimensión insustituible. La específica contribución de los cristianos en la política debemos encontrarla en su competencia, preparación, entrega generosa, fuerte espiritualidad evangélica, honestidad y coherencia, más que en los criterios de fe. Serán, éstas, las características que otorgarán dignidad y nobleza al quehacer político de nuestros laicos comprometidos. No es casualidad que la Iglesia venere, entre sus santos, a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos recordamos a santo Tomás Moro, proclamado patrono de los gobernantes y políticos. Supo, en efecto, testimoniar hasta el martirio la “inalienable dignidad de la conciencia” (Juan Pablo II).
Los obispos de Chihuahua, en marzo del año 1986, dirigiendo la exhortación pastoral “Coherencia cristiana en la política” a los católicos, que militaban en los partidos políticos, destacaban la actividad política como meritoria y también llena de riesgos para la conciencia cristiana. En el mismo tiempo proclamaban el derecho que tiene la Iglesia de iluminar, con la luz de la fe, el campo de la realidad política en contra de ciertas corrientes ideológicas que tienden a reducir la vivencia de la fe al ámbito privado de la vida individual y familiar. Justamente, apelaban al derecho, que la Iglesia tiene, para dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, si lo exigen los derechos fundamentales de la persona (GS. 76).
Si lo político pertenece a todo ser humano, el empeño partidista, según la Iglesia, debe ser propio también de cada laico católico, el cual deberá ejercer su legítima libertad de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. También, deberá evitar cualquier forma de idolatría del partido y deberá resistirse a la tentación de la corrupción: “Ustedes- escriben los obispos chihuahuenses- deben ser la conciencia crítica de su partido, aunque esta postura suponga para ustedes graves consecuencias” (3).
El laico, por vocación, está llamado a ser testigo de Cristo en un mundo que hay que transformar e humanizar como El hizo. Corresponde a los laicos tratar de implantar el Reino de Dios, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. “Los laicos- continúan los obispos- son llamados por Dios a la construcción del mundo desde dentro, a modo de fermento... Tienen la tarea de sanear las estructuras y los ambientes del mundo”. En calidad de pastores, los obispos manifiestan la conciencia de que no es fácil vivir los valores de la fe, encarnándolos en el campo de la política, sin embargo, siguen invitando a los laicos para que ejerzan su militancia política y partidista, en el marco de una profunda espiritualidad que incluya oración, sacramentos, comunión eucarística, acercamiento a la Palabra de Dios y conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia.

