
Autor: P. Carlos Mongardi
/ El P. Vanzin (1900-1976) es uno de los ejemplos más claros del ideal misionero de san Guido Conforti y san Francisco Xavier, fundador y patrono de los Misioneros Xaverianos. Y es uno de los más auténticos intérpretes y difusores del pensamiento misionero: fundamentación bíblica y teológica, anuncio del evangelio a todas las culturas y publicidad de la actividad y vocación misionera “ad gentes”.
Nacido cerca de Pordenón en el noreste de Italia. A los catorce años entró al Instituto Xaveriano para las misiones extranjeras en Parma y desde joven gozó del aprecio y la confianza de Mons. Guido Conforti, que lo nombró director de la “Conferencia Misionera”, y de unos grandes maestros: el P. Filippo Selvaggi sj, en matemáticas, y Mons. Arturo Masnovo, en filosofía tomista. Ordenado sacerdote a los 22 años, fue enviado en 1924 a China, donde fue director del Colegio francés San Luis y rector del seminario diocesano de Loyang. Llamado a Italia en 1929 por el mismo Conforti, se dedicó a la animación misionera con la boca y la pluma y colaborando en una película, premiada en Venecia en 1939, sobre el Card. Massaia.
Fue secretario de la Unión misionera del clero (1940-1945) y escribió varios libros sobre la actividad misionera de la iglesia. Dirigió la revista “Fede e civiltá” (la actual “Misión hoy”). Fue enviado a México y Estados Unidos (1952-1953) y fue elegido Consejero en la Dirección General de los misioneros xaverianos. En 1958 publicó su escrito más conocido “La evangelización de las culturas” y fue Consejero de la Congregación para la evangelización de los pueblos (antes llamada Propaganda Fide). En el umbral de los 70 años, pidió ser enviado a África y cumplió su ministerio en el Congo-Zaire (1969-1974). De regreso a Roma, por motivos de salud, recibió del papa Pablo VI la Cruz “Pro Ecclesia et Pontifice” y murió el 30 de octubre de 1976.
Su pensamiento, expresado en muchos libros e innumerables artículos, fue integrado en la práctica y teología de la misión del Concilio Vaticano II. En la primera etapa de su vida de misionero, Vanzin pensaba en la misión como una conquista del mundo a Cristo. Su experiencia en China lo hizo pasar de una idea eclesiocéntrica y eurocéntrica de la salvación, es decir, de una creencia que “fuera de la iglesia no hay salvación”, idea extendida por los misioneros extranjeros en todos los pueblos, a una implantación de la iglesia, responsable de su propia evangelización, haciendo superfluas las llamadas “misiones extranjeras”.
El segundo momento y núcleo del pensamiento misionero de Vanzín se enfoca en la evangelización de las culturas. Propone una cristianización de las culturas, de manera que ellas puedan dinámicamente integrar en su interior los valores evangélicos y dar origen a nuevos humanismos cristianos en las iglesias locales de los diversos continentes.
El tercer momento, en ocasión de su experiencia misionera en África, ya no confía en un diálogo armónico entre el cristianismo y las culturas, sino en una explosión que hace estallar a las culturas y las lanza a nuevos caminos y dinamismos. Vanzin, con un pensamiento autocrítico, en diálogo con la práctica misionera y la teología de la misión, no alcanzó a ver un diálogo interreligioso, como se va desarrollando en nuestra época. No pudo imaginar cómo la cultura tecnológica y postmoderna iba a provocar un estallido en el cristianismo o, mejor dicho, en las iglesias, en la misión cristiana local y universal.
La misión y la iglesia cristiana deben seguir a Jesús en sus caminos de encarnación o inculturación y de “kénosis” o de servicio a la humanidad entera.

